Publicidad

Estrella Digital EstrellaDigital.es el primer diario digital en español

Publicidad
Javier Pérez Pellón

Javier Pérez Pellón

Siete segundos de angustia

07/04/2009 | 15:00 h.

Siete segundos de angustia, siete larguísimos segundos de estupor, siete segundos interminables de impotencia, siete segundos de terror contenido, siete segundos que no son mensurables con la medida convencional del tiempo, con las manillas de un reloj porque esos sólo siete segundos se agrandan hasta el infinito cuando uno siente que el suelo que pisamos tiembla bajo nuestros pies y entonces en los instantes de un rumor sordo y que percibes que nace del centro de la tierra, al frágil ánimo de tu existencia le invade la certeza de que el destino te está descubriendo el camino de sus senderos que conducen a metas determinadas pero ineluctables y que tú formas parte de esa legión de seres de la creación que, por fuerza de las reglas que rigen el universo, tienes que seguirle.

Y es, entonces, haciendo un esfuerzo mental hacia la racionalidad, cuando todo a tu alrededor se mueve, los libros caen, en desorden, de las estanterías de tu biblioteca, las mesas "patalean" como si fueran testigos mudos de una sesión de espiritismo, las camas como que quisieran descolocarse y situarse al revés, esto es, la cabecera a los pies o viceversa, los pies en el lugar donde pocos segundos antes estaba la cabecera, como decía, tratas de racionalizar lo irracional y a la única conclusión que llegas es a la resignación. ¿Salir a la calle? quizás no da tiempo ni de alcanzar la salida o, a lo mejor, la escalera se puede derrumbar al primer escalón que pises, después debes pensar que es un cuarto piso, donde vivo, y ventidós peldaños por cada piso son demasiados como para arriesgar la vía de su descenso, la barandilla se puede desplomar y no tendrías punto de apoyo ¿El ascensor? ni pensar en ello, podrías resultar atrapado dentro dentro de él, ni probar si funciona o no. "¿Qué hacemos?", pregunto a mi mujer que a las tres y media de la mañana da un respingo de sobresalto cuando la cama comienza a dar los primeros pasos de su baile de San Vito y las lámparas de cristal anuncian, con su tintineo agorero, que un temblor surgido de las mismísimas y desconocidas entrañas de la tierra está creando el caos a tu alrededor. "¿Qué hacemos?", me contesta y me pregunta ella. "Esperar, sólo esperar, esperar que pase" y aunque la sacudida es inauditamente fuerte "esperar que esto no sea el epicentro". "¿Y nuestros hijos que harán? ¿Dónde estarán a estas horas?". Son las tres y media de la mañana.

De los tiempos universitarios, de cuando a la mañana siguiente tenía que enfrentarme con un tribunal que oral o por escrito debía juzgar aquello que había estudiado y aprendido durante el curso, me quedó la costumbre de hacer largas las horas de la noche, repasando, con la ayuda del café que me hacía mi madre, las páginas más importantes y difíciles de la asignatura de turno, me ha quedado la costumbre de la noctambulidad.

Ayer, es decir esta madrugada, a las tres y media y siete segundos, hora exacta porque miré el reloj, y mientras recogía datos de internet para un libro que estoy preparando y que me ha encargado una editorial, me sorprendió el terremoto. Ya en otras ocasiones y en el curso de estos treinta últimos años había sentido como la tierra temblaba bajo mis pies, pero nunca con la fuerza de esta madrugada.

La ciudad del Aquila, epicentro del terremoto dista de Roma apenas un centenar de kilómetros, exactamente ciento dieciséis desde el centro de la capital de Italia. El terremoto, como siempre sucede en este bendito país, recorre de sur a norte, o de norte a sur, la columna vertebral italiana constituída por la cordillera de los Apeninos, extendiéndose, hacia el sur, hasta la isla de Sicilia. Esta vez le ha tocado al Aquila, a los pies del Gran Sasso, la cumbre más alta de los Apeninos, en la región de los Abruzos. Antes, en 1997, fué en Umbria y dañó seriamente la Basílica de San Francisco, en Asís, y los frescos de Giotto que ilustran, maravillosamente, la vida del santo en todos los muros de la iglesia. Antes, en 1980, lo fué en la región de la Campania, Nápoles incluído. Antes, en 1977, lo fué en el Friuli, en el norte de la península. De todos ellos, de sus consecuencias terribles, muerte de miles de personas y destrucción de viviendas y monumentos artísticos, escribí y filmé reportajes. De antes, siempre desde antes, desde trescientos y cuatrocientos años A.d.C las crónicas nos hablan de este flagelo secular de Italia.

Ayer tocó a la ciudad del Aquila y yo, como todos los romanos o todos los turistas que en estos días de Semana Santa invaden la ciudad, hemos sentido como la tierra ha temblado, cómo contra las descomunales y desconocidas fuerzas telúricas, la pequeñez del hombre no tiene nada que hacer. Esperar simplemente que pase. Roma, la Roma que cuenta la historia, tiene, en el haber de sus 2759 años de existencia como ciudad, unos cuantos terremotos que medio la devastaron. Yo he tenido la sensación, esta madrugada, que hemos corrido por la línea sutil de un serio riesgo. Anteayer, a unos amigos venidos de Madrid, les mostraba las ruinas sublimes de las Termas de Caracalla. Hoy, me dicen las últimas noticias, que aquellas piedras han sufrido posteriores daños. Si cae el Coliseo, asegura una profecía del siglo VI, cae Roma, si cae Roma será el fin del mundo.

Aunque parezca mentira sintiendo como me fallaba el suelo bajo mis pies, como los libros caían en desorden de las estatanterías de mi blblioteca, como las lámparas de cristal, con su agorero tintineo, anunciaban malos presagios, juro que me he acordado de todo esto. Por ahora ha pasado, la segunda sacudida, minutos más tarde de la primera, fue mucho más débil. Se llama temblor de asentamiento. Aviso de que el terremoto ha pasado. ¿Cuándo será el próximo?

07/04/2009 | 15:00 h.

Javier Pérez Pellón

Bio Javier Pérez Pellón
Publicidad
Publicidad

(c) 2010 La Estrella Digital, S.A | Contacto | RSS