En la antigua Codorniz, aquella de los años 50, la que fabricaban con su insuperable ingenio -a pesar de la censura y quizás porque la dificultad agudiza los resortes de la mente y hace aflorar a la superficie el estro creativo que todos llevamos dentro- Tono, Mihura, Edgard Neville, Enrique Herreros, Álvaro de la Iglesia, Mingote y tantos otros, que hicieron las delicias de nuestras, ¡ay!, ya perdidas y lejanas adolescencia y juventud, en aquel semanario, decía, sutil suma de inacabable comicidad y feroz crítica de la actualidad de entonces, existía una tira de cómic que se llamaba "El pequeño rey". Era éste un bufonesco monarca, regordete y ególatra, al que sucedían toda clase de improbables y divertidas desventuras.
De vuelta a mi país de "adopción", Italia, y después de un mes largo de parada otoñal en esa tierra bendita que es Andalucía, hoy corrupta y desastrada, desamparada, hundida en el paro, por causa no sólo de la crisis sino, sobre todo, gracias a la inmoral gestión de "clientela", ¡veinte años de Chaves! -que ha degenerado en corrupción, nepotismo, intolerables abusos de urbanismo y asalto indiscriminado a sus costas...-, me ha dado por pensar que esta España, mi tierra y mi patria, está regida por una subespecie de "El pequeño rey", aquel personaje de inolvidable memoria (¿histórica?) codornicesca. Igual de ególatra, de descabelladas ideas, antes porque el coco no le da para más que por perfidia. Por ejemplo, hete aquí la "Alianza de civilizaciones", una actualización, estilo zapatero, pero remendón, de un capricho de Goya, "el sueño de la razón produce monstruos" o, lo que es igual, "cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones", al punto extremo de hacerle considerar España, Europa, todo el mundo, como campo de presa de su desmedida fantasía, como pertenencia, como libérrima propiedad suya y que, al igual que Napoleón, del cual el Zapa no es nada más que una pequeñísima y cómica imitación, "La France c'est moi", en este caso "España soy yo", sin pararse a pensar que España se pertenece a sí misma sobre todas las cosas y que, al final, no han de servir sus hombres, sus ciudadanos, a salvar "pequeños reyes" ni a convertir Europa o quizás el entero conjunto de las naciones en un fideicomiso monclovita.
También me ha dado por pensar que, según he oído decir a alguno de los de su partido que, como soberbio autócrata que es, nunca agradece que se le llame la atención sobre una falta o un error. Es inmortal la historia de Plutarco del soldado que salvó la vida amenazada del rey en la batalla y, en vez de huir enseguida, como le aconsejó un sabio, contó con la gratitud del rey y perdió la cabeza. Y es que los autócratas, como el presi del Gobierno español, no quieren bien a las personas que les vieron en un momento de debilidad, y las naturalezas despóticas no gustan de los consejeros que hayan demostrado, aunque sólo sea una vez, ser más sabios que ellos.
Estando así las cosas, si en las instancias más altas del poder político suceden estos golpes de personal desvarío, es fácil de imaginar el comportamiento del público votante, currante y contribuyente, que bastante tiene con acudir diariamente a su puesto de trabajo, hoy en día de incierta conservación y continuidad, como para meditar en la explotación y en el engaño a que está sometido por el ectoplasma de un Estado de corruptelas y falsedades. En este sentido, parece tener razón Karl Marx cuando se preguntaba que "si en el vértice del Estado se toca el violín, ¿qué otra cosa es de esperar sino que los de abajo bailen?".
Éste es el concierto del solista de violín, al que diariamente asiste el público español. "El secreto de un buen candidato político -escribe el politólogo americano Fred Barnes- es el de parecer estúpido como quien le escucha, de tal forma que los oyentes se sientan tan inteligentes como él". La reflexión a la que llego es la siguiente: el buen candidato político no parece estúpido, sino que lo es realmente, o el público español, oyente de tales majaderías, es un rebaño de borregos.
También he observado que nuestro "pequeño Napoleón" trata a los ministros y ministras que él ha nombrado más por fidelidad a su persona y amiguismo que por valor específico en cargos ministeriales y materias en las que diariamente hacen espectacular gala de su ignorancia, como autómatas y mamelucos inútiles -léase Chacón se fue a la guerra, la sin par miembra Bibí Aído, los singulares desilustrados Pepiño Blanco o Celestino Corbacho, la increíblemente espectacular Leire Pajín ("Todo sobre su madre") y ecétera, ecétera-, meros sacristanes de amén destinados a decir siempre que sí.
No me he repuesto aún de la perplejidad de contemplar las actuaciones del juez estrella-vedette del actual régimen autocrático que gobierna España, Baltasar Garzón, que ha llegado hasta la demencial osadía de intentar procesar a políticos de medio mundo, vivos o muertos, por "crímenes contra la Humanidad" o cosas parecidas. Si ha pedido el certificado de defunción de Franco, me pregunto ¿por qué no ha hecho lo mismo con Hitler, Stalin, Taras Bulba, Iván el Terrible, Bruto, Aníbal o Largo Caballero? Será juez, y parte, pero tal que parece el ministro de Policía no sólo del Gobierno de la Moncloa sino de otros muchos más fuera de la actual Marca Hispánica. "El ministro de policía -decía Talleyrand, que de esto sí entendía- es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan". He podido observar que el juez Garzón se ocupa mayormente de los segundos en detrimento de los primeros.
También he podido asistir a la grotesca intervención de una comunista pedorra, una tal Josefa Medrano, delegada de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, que ha sido la adalid en prohibir el homenaje a Agustín de Foxá, una de la glorias literarias españolas del siglo XX y autor de la mejor novela escrita sobre la Guerra Civil, Madrid de corte a checa, superior, incluso, en calidad literaria y en construcción narrativa a la espléndida Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway. La pedorra en cuestión es aquella que contestando a un escrito de un sevillano que se quejaba de que no se recogían las naranjas, temiendo con ello que la sobrecarga del fruto impidiera al árbol el crecimiento de la flor de azahar, dictó el siguiente texto: "En contestación a su solicitud en el teléfono 010, referente a la retirada de las naranjas en la Plaza de Doña Elvira y Plaza de Alfaro, ya que están muy cargados, no vamos a permitir que no florezcan los jazmines, le comunico que la misma ha sido remitida a la Delegación correspondiente para que adopte las medidas oportunas para su solución". !Y olé con la gachí!, convencida de que los naranjos dan jazmines y no el perfume del azahar. Su compañero de partido y, por lo visto, actual pareja sentimental, Felipe Alcaraz, presidente ejecutivo del PCE, doctor en Filología Románica y ex profesor de la Universidad, ha declarado que la prohibición del homenaje a Agustín de Foxá tiene su merecida justificación por respeto a la Ley de Memoria Histórica, ¡ay, que me troncho de risa!, y por ser la obra de un fascista. También ha dicho que conoce muy bien los escritos literarios de Foxá, sobre todo su novela Madrid de costa a checa". Confundiendo hasta el título, en vez de corte escribe costa, da un ejemplo clarividente de lo que debe ser un profesor universitario, a la par de cantar, con gloriosa ostentación, el impar paradigma de la andadura por donde camina la intelectualidad de esa izquierda española, nostálgica de un protocomunismo de principios del siglo XX que aún no se ha quitado la boina y que todavía calza zapatillas de esparto. Ante tal espectáculo, a la Medrano y al Alcaraz no me resta sino decirles ¡Salud camaradas!... Saludo acompañado con una sonora pedorreta y un buen expresivo corte de mangas.
No sería de extrañar, después de haberme dedicado a ella por treinta largos años de mi vida profesional y desde los lugares más dispares del planeta, el que me picara la curiosidad por observar cómo es hoy la tele en nuestro país, y digo verdad al afirmar que casi me da un pasmo. Se podría alegar que tenía dos opciones, esto es, o cambiar canal o, simplemente, apagarla. Pero esto no se le puede pedir a uno que desde apenas asomado a la juventud elegió la profesión de curioso impertinente, es decir, la de periodismo. Así que, atraído por el tubo catódico o el plasma, he sentido algo parecido a ser transportado a otras dimensiones y me he visto petrificado, incapaz de reaccionar ante la visión de un espectáculo del horror.
El bellísimo idioma castellano, tan rico en la universalidad de su inagotable vocabulario, puteado por una palabrería zafia, malhablada, muchas veces al límite de la suciedad blasfema y gratuita, locutores, locutoras, presentadores, presentadoras, corresponsales, corresponsalas, a las que no es difícil cazarles, cazarlas, en faltas de ortografía incluso cuando hablan, ¡que ya es decir! Todos, todas, con idéntica dicción, cortando los periodos y las frases según les parece y terminándolos en una especie de falsete gutural in crescendo, !hii, pii!, desagradable e innatural. No distinguiéndose los unos de los otros, de tal forma que muy bien pueden ser intercambiables, como modelados con un mismo troquel. Pero, digo yo, ¿dónde han aprendido?, ¿qué profesores han tenido?, ¿en qué escuela o universidad extraterrstre han adquirido esos hábitos de tan malsano lenguaje en su forma y contenido? Naturalmente, existe alguna excepción, digna de un buen profesional, que los hay, y excelentes, aunque no sean muchos. Por trucar en la televisión de España, falsean hasta los doblajes. En el idioma original, que casi siempre coincide con el inglés, no existe esa forma de expresión que, a imitación de la tele, que es su maestra, ha comenzado a ser ya el común lenguaje de la calle.
Ni soy un moralista, ni a estas alturas de la vida creo que existan muchas cosas que me puedan espantar. Simplemente me da pena. Es sólo una cuestión de buen gusto y de educación. Desde que hace más de dos mil años, de cuando Hispania fuera una provincia del Imperio y Roma nos legara el preciado don del latín, del que el castellano desciende, estábamos progresando, clásicos antiguos y medievales, el Siglo de Oro... hasta llegar casi anteayer. Ahora, con el vocabulario del telefonillo incluido, estamos en caída libre. Cuatro chiquilicuatres de la tele lo están corrompiendo (jodiendo).
Por la una vez llamada "caja tonta" he visto desfilar a unos cuantos colegas y el espectáculo de sus prédicas diarias, sumisas al poder político reinante, han hecho aflorar en mi ánimo de telespectador ese sentimiento humillante que se llama vergüenza ajena.
Y no me daba paz, ni casi podía dar crédito a lo que veía y escuchaba ¿Era él? Ciertamente, era el mismo. Sí, Fernando Ónega, el que en su día, y como adiestrado lebrero del felipismo rampante, fuera uno de los máximos responsables del cierre de El Independiente, aquellas hojas impresas de mediados de los 80 y principios de los 90, valga la redundancia, independientes y libres, que incomodaban a los políticamente correctos que se reunían en alegre francachela en la "bodeguilla" de la Moncloa. El mismo Fernando Ónega, hoy consumado especialista en afanes feministas y temas, según sus propias declaraciones, de la bragueta. El mismo Fernando Ónega, príncipe del chaqueteo y transformismo informativo, que, desde la sección donde escribía, en el diario Arriba, según referencias de expertos de hemerotecas, no sólo aprobó las sentencias de muerte de los tres miembros del FRAP y dos componentes de ETA, sino que defendió, con ardor, la posterior ejecución de las mismas en aquel 27 de septiembre de 1975. Un estúpido error y una gran equivocación, que contó con la casi unánime repulsa de la opinión pública internacional, en las postrimerías del régimen y último Gobierno de Franco. El mismo Fernando Ónega que, siempre desde las páginas deel 20 de marzo de 1970 hace un gran elogio de la obra de José Antonio con su artículo "Derecho de autor". El mismo que el 21 de noviembre de 1975, al día siguiente de la muerte del general, escribiera un largo panegírico, modelo de literatura incensiaria al límite de servil sacralidad, en homenaje al héroe recién fallecido. Un algo que para sí hubieran deseado la mayoría de los santos de los que se ensalzan sus vidas ejemplares y sus virtudes heroicas en las solemnes ceremonias que se celebran, cuando suben al honor y gloria de los altares, en la romana basílica de San Pedro (véase a este respecto, ¡merece la pena!, ver en www.google.es, pinchar Fernando Ónega y después hacer clikc en "arriba-lfu, y en fidel-castro-franco-y-fernando-onega". Se divertirán un rato largo).
He visto un poco de todo o de casi todo lo que pasa por la pequeña pantalla y he notado que la mayoría de los canales, la 1 y la 2 oficiales, la Cuatro, la Sexta, Telecinco, Canal Sur... tienen una marcada, sino descarada, tendencia sociata en la absurda creencia de parecer progre cuando en realidad son retro, y mantener un pacto expreso o tácito con el PSOE. El Iñaki Gabilondo, con sus divertidos editoriales, esas cómicas no se pueden tomar en serio, o el Enric Sopena, apasionado vate del hoy corrupto social-capitalismo catalán, que a ambos les tuve como jefes de los Informativos de la TVE; el primero jovencillo, inexperto y, por entonces ignorante del medio, no sé de donde le vino el enchufe, y el segundo algo mejor. Hoy, los dos, rendidos juglares hosanantes de las glorias de Palacio (el de la Moncloa) e ilustres felpudos de su benemérito inquilino.
Vistas así las cosas, he llegado a la conclusión, a juzgar por su éxito, de que lo mejor de la tele en España lo encarnan, en este momento, unas cuantas señoras, Belén Esteban, la Pantoja, la Campanario..., con la colaboración de Jesulín, en unos programas tan bordes que se saltan los linderos de lo insólito, de lo vulgar y de la mínima evaluación de la vergüenza. Que mientras he podido, pegado a la pantalla y fuera de mis cabales, no me he perdido ni una. Vox populi, vox Dei!
Y, a pesar de todo, he visto y oído extraordinarios comunicadores, valga como emblemático ejemplo, con su ya larga y triunfante carrera, Jesús Quintero y sus actuales Ratones colorados.
Estamos acostumbrados a tener un cierta desconfianza en esa prensa que se ha ganado a pulso el recelo de la pública opinión, dando pasaporte de ciudadanía a aquello que escribiera Balzac: "Para el periodista todo lo que es probable es verdad".
Y, sin embargo, España tiene una gran tradición e historia de egregio periodismo y aquellos de mi generación, año más, año menos, que son como los últimos de Filipinas, dan prueba, a diario, de su buen hacer y mejor pensar. Los que nacimos y viajamos por medio mundo con la portátil Olivetti y transmitíamos con el teletipo, picando la cinta, o esperábamos hasta las tantas de la madrugada, haciendo nuestras primeras guardias, en la sala de máquinas, esperando que el plomo fundido se convirtiera en la teja que imprimiría el inmenso rollo de papel con la atenta y sabia mirada del corrector de pruebas, el auténtico artífice del rotativo.
Una vez me dijo Indro Montanelli que "el periodista es aquel que cuenta lo que sucede y que el gran periodista es aquel que comprende lo que sucede". Y ahí están aquellos que comprenden lo que sucede, sobreviviendo y haciendo escuela en el papel impreso y en las páginas virtuales de la Red: Pablo Sebastián, Manuel Martín Ferrand, Luis María Anson, César Alonso de los Ríos, Raúl del Pozo, Fernando Urbaneja, Alfonso Ussía y otros muchos más; ellos y ellas de una nueva leva, la generación de recambio, que recogerán, como la precedente, la antorcha desde Larra, a González Ruano, a Foxá o a nuestro llorado Francisco Umbral.
Espero que sea en beneficio de nuestro país al que acabo de ver tan desamparado, destemplado en medio de ese osario, con fosas abiertas por toda su entera geografía, sembrando, desde el poder reinante, la discordia y el enfrentamiento. Despertando viejos odios y rencores, pretendiendo justificar los desmanes de una República fallida, contando una historia de España que nunca existió, como no lo fuera en el cerco resentido de su fantasía y soplando sobre los rescoldos sangrientos de una guerra civil que quieren que no termine jamás.

