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Jaime Peñafiel

Jaime Peñafiel

Yo conocí a Galvao, el último pirata del siglo XX

14/04/2009 | 15:01 h.

Los piratas somalíes y la captura por éstos del capitán del barco norteamericano Maersk Alabama, Richard Philips, me ha recordado a Henrique Galvao, el último y creo que único pirata del siglo XX, a quien tuve la oportunidad de conocer cuando desembarcó, en la localidad brasileña de Recife, después de haberse apoderado de un transatlántico portugués considerado como "O galgo de mares".

Se trataba del Santa María, una embarcación de lujo, propiedad de la Compañía Colonial de Navegaçao, que hacía la línea de Caracas a Lisboa y Vigo.

En él viajaban 1.078 pasajeros, muchos de ellos españoles que habían decidido regresar a España desde el forzado exilio venezolano de sus padres.

El buque lusitano no era cualquier cosa. Medía 609 pies de largo y estaba dotado de una tripulación de 33 miembros.

Lo que nadie suponía es que entre el pasaje se encontraba un comando de 24 "piratas", al mando del capitán del ejército portugués Henrique Galvao y del que también formaba parte un comandante del ejército republicano español, José Fernández.

Se trataba no de un asalto por motivos económicos, como los piratas de Somalia, sino políticos contra las dictaduras de España pero sobre todo de Portugal. Lamentablemente se produjo una muerte entre la tripulación en el momento de la acción de apoderarse del barco. El gran Humberto Delgado, exiliado en Brasil, asumió, públicamente, la responsabilidad y solicitó la no intervención internacional.

Como eran otros tiempos, el Santa María consiguió no ser localizado en el ancho mar durante casi siete días y seis noches, a pesar de haberse organizado una gran operación de búsqueda o captura por Estados Unidos, Holanda, Brasil, Portugal y España, que envió al Canarias con orden de que, cuando lo localizaran, lo hundieran sin más. Una fanfarronada franquista ya que, durante días, el navío de guerra español hizo el paripé de buscarlo.

El 27 de enero el presidente Kennedy informó de su localización pero prohibió que los dos destructores que lo habían encontrado lo abordaran. La única misión de éstos era acompañar al transatlántico.

Durante los quince días de este surrealista secuestro se produjeron varios hechos incomprensibles ante un acto de auténtica piratería.

Galvao, que era un hombre histriónico, se comportó como un caballero, no sólo con los pasajeros del Santa María sino con el admirante americano responsable de su seguimiento, al que invitó varias veces a tomar el té en el transatlántico secuestrado. El marino quedó impresionado por la corrección del pirata Galvao hasta el extremo de relatar a la prensa norteamericana "el maravilloso anfitrión que era el portugués".

El otro suceso se produjo cuando un periodista, el francés Gil Delamare, se lanzó en paracaídas sobre el transatlántico secuestrado para realizar la primera y exclusiva entrevista al pirata Galvao. Valía la pena arrojarse y tirarse desde cualquier altura cuando se tenía la seguridad de que allí abajo le esperaba el más importante scoop periodístico mundial. Este columnista que escribe tuvo que esperar algunos días cuando, después de delicadas negociaciones con emisarios brasileños y norteamericanos, Galvao y los suyos desembarcaron en el puerto de Recife, donde se acogieron al derecho de asilo que les concedió el ex presidente de Brasil, Janio Quadro.

Este periodista se embarcaría después en el Santa María para regresar hasta Vigo junto a todos aquellos españoles que durante la travesía revivieron para mí el mas espectacular secuestro naval de la historia por un hombre como Galvao, una figura clara, decidida e inolvidable en la mente de todos ellos.

El mundo siguió con simpatía ese secuestro político que ponía el dedo de la atención internacional en la llaga de las dictaduras de España y Portugal.

Habían de pasar nada menos que trece años para la Revolución de los Claveles que acabó con el régimen de Salazar y catorce años para que Franco muriera en la cama.

14/04/2009 | 15:01 h.

Jaime Peñafiel

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