Hay que ser muy temerario para atreverse a escribir una continuación de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. El sueco Fredrik Colting lo es: bajo el pseudónimo de J. D. California, ha escrito su versión de un Holden Caulfield de 76 años en 60 Years Later: Coming Through the Rye (algo así como 60 años después: recuperarse del centeno). Su temeridad ha logrado que el taciturno Salinger salga de su ermita y hable al mundo como últimamente suele hacer, mediante una demanda judicial para hacer valer sus derechos de autor sobre la obra y el protagonista, al que Colting se refiere en el libro como el "señor C".
Como la juez ha dado la razón a Salinger, el asunto ha derivado en un hecho extraordinario: un escritor ha conseguido que se prohíba un libro. 60 Years Later... no se publicará en Estados Unidos, aunque sí ha salido en Gran Bretaña, donde el rifirrafe judicial le garantiza una promoción impensable para una primera novela; mala, además, según escribía Stuart Evers en The Guardian hace unos días y según era previsible. El Quijote sólo lo escribe Cervantes, no Avellaneda. Algo parecido le ocurrió, hace seis años, a François Ceresa, que quiso continuar Los miserables, de Víctor Hugo, ahí es nada, con Cosette o el tiempo de la ilusión. Los herederos de Hugo lo llevaron a los tribunales, pero perdieron, y el tal Ceresa pudo hacer el ridículo a sus anchas.
Salinger reclamaba en su demanda que se le reconociera la potestad de ser el único que podía continuar su novela, una pretensión tan absurda como el apoyo que la Sociedad de Escritores Franceses prestó a los herederos de Víctor Hugo, argumentando que Cosette atacaba la integridad de una obra maestra, explotaba el patrimonio literario francés en busca de beneficio comercial y traicionaba el espíritu de Los miserables. Pura filfa, en ambos casos, y de marcado carácter antiliterario, lo cual resulta sorprendente viniendo de escritores. Toda recreación de un personaje literario es, por definición, una traición al espíritu con que fue creado. Y esto vale, no ya para las entregas folletinescas, sino para el mismo acto de la lectura: cada lector interpreta, inventa e interioriza lo que lee en dos claves, las que le proporciona el autor y las propias. ¿No traiciona cada época a los clásicos cuando los revisita según el estado de ánimo del momento? ¿No se levantó Chéjov abatido de la butaca el día que se estrenó La gaviota en San Petersburgo?
A este Salinger airado no le importa la literatura, sino el poder. Cree tenerlo sobre su personaje, como si Caulfield careciera de entidad propia o no llevara décadas andando por el mundo, emancipado de su creador en millones de imaginaciones. Sencillamente, Caulfield no le pertenece, pero él, en lugar de sentirse orgulloso, pues no hay mayor prueba de su talento literario que esa autonomía del personaje, ha pedido a la juez un dogal para atarlo. Ha ido mucho más allá de la legítima defensa de los derechos de autor; ha lanzado una embestida, no contra el acto de escribir a Caulfield, sino contra la libertad de leerlo.

