Un extenso reportaje que publica la revista Time advierte del decaimiento de los jóvenes en Europa, especialmente en España. Se trata de gente entre los 25 y los 35 años que suspira por ser mileurista: con eso está dicho todo. Son hombres y mujeres formados que, después de dedicar muchos años de su vida al estudio, se encuentran con empleos mal pagados, cuando no con el desempleo.
En esa "generación del desencanto", como la denomina Time, cunde la sensación descrita por Lorena Rodríguez: "Siempre pensé que llegaría más lejos que mis padres", asegura. Ellos sí responden al perfil del matrimonio español medio, probablemente tienen una o dos casas en propiedad, un trabajo fijo y, en el caso de que los despidan antes de llegar a los 65, disfrutarán del redondeo de la jubilación anticipada.
Entre los jóvenes no parece imperar el espíritu de lucha que caracterizó, por ejemplo, a la generación de la posguerra española. Hablan como si les hubieran robado algo: el futuro. Se han quedado sin expectativas, pero con la sensación de que tienen derecho a ellas, no sólo porque han sido criados en la abundancia, sino también porque la sociedad ofrecía la promesa de una vida mejor a quienes se prepararan para este mundo competitivo. Ahora resulta que su formación no vale tanto como parecía, porque es de las peores de Europa: cuando hablamos de los fríos datos del informe Pisa hablamos de esta gente. Son la generación móvil. No tienen nada fijo: ni teléfono, ni trabajo, ni contrato, ni pareja. Y tampoco albergan la menor certeza de conseguirlo alguna vez.
Se les podría decir que sus padres vivieron tiempos mucho más difíciles, aquellos en que millones de españoles emigraban a Alemania en busca de trabajo. La gran diferencia es que aquellos podían alimentar una esperanza implícita: la línea continua del progreso aún prometía no detenerse nunca, de manera que cada nueva generación siempre disfrutaría de más derechos y más prosperidad que sus predecesores. El progreso que brindaba una pradera verde y soleada a los jóvenes de otras épocas ha quedado pulverizado y se evapora en forma de incertidumbre. Para los jóvenes españoles de hoy, el futuro es una tenebrosa desesperanza.

