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Irene Lozano

Irene Lozano

Jugar a los barcos se nos da mal

20/11/2009 | 14:55 h.

Si María Teresa Fernández de la Vega exhibía anteayer su expresión más áspera no se debía a que la oposición cuestionara su desempeño en el secuestro del Alakrana. Esto es lo normal: no se puede esperar que el enemigo no dispare. Claro que el PP intenta sacar rédito político del asunto; lo extraño sería que no lo hiciera. La frustración de la vicepresidenta se debe a que también se sabe cuestionada por sus compañeros de filas. El Gobierno cometió un sonado error al traer a España a los dos piratas apresados. Y fue obra de ella.

Ahora sabemos que el embajador de Kenia y el armador estaban negociando discretamente con los piratas hasta que se trasladó a dos de ellos a nuestro país, a lo que se oponía el Ministerio de Defensa. Entonces los piratas, astutamente, cambiaron de estrategia y quisieron negociar con el Gobierno. El error no sólo complicó un arreglo relativamente sencillo, sino que además obligó a torcer la ley e involucró de lleno al Gobierno. En consecuencia, ahora le toca pagar el precio íntegro de las equivocaciones.

Los casos del Alakrana y del Prestige se parecen políticamente: jugar a los barcos no es el fuerte de nuestros gobernantes. Demuestran idéntica incuria en la gestión de situaciones de crisis, un apartado muy concreto de la tarea de gobernar, en el que no hay debate político ni aportación ideológica que hacer: sólo hay que ser apto.

Crisis como éstas, imprevistas en su origen e imprevisibles en sus consecuencias, constituyen un campo de especialización de los asesores políticos en medio mundo, porque los gobernantes se juegan mucho en ellas. El huracán Katrina fue el punto de inflexión a partir del cual la confianza de los estadounidenses en Bush declinó de forma abrupta. La Administración americana demostró falta de planificación, desprecio por los damnificados e incapacidad para desarrollar una actuación coherente y transmitírsela a los ciudadanos. Lo mismo ocurrió en su día con el Prestige y ahora con el Alakrana. Aún hay otra coincidencia más: cuando en las crisis los gobernantes se van percatando de sus errores, buscan justificaciones absurdas o falsas para salvar su imagen ante la opinión pública. Si empiezan mal, no acostumbran a admitir sus errores, sino a disimularlos sembrando más confusión.

Ambas crisis, no obstante, se diferencian en algo: ésta ha acabado bien y aquélla acabó mal. De la actual tendremos las emocionantes fotos de los marineros sanos y salvos abrazados a sus familias; de la otra quedó la imagen de miles de galletas de petróleo en las playas del Cantábrico. Para concluir el juego de las semejanzas y diferencias, queda una incógnita por despejar: el Gobierno de Aznar no extrajo de la experiencia del Prestige ninguna lección sobre gestión de crisis, por eso lidió pésimamente con la del 11-M y perdió el Gobierno. ¿Será capaz Zapatero de aprender algo útil para el futuro? www.irenelozano.com

20/11/2009 | 14:55 h.

Irene Lozano

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