Los medios de información de Estados Unidos no están precisamente obsesionados con el resultado de la delicada votación de este domingo en Honduras. Han dedicado más espacio y comentarios a la pareja que se coló intrépidamente, burlando a la Seguridad, en la cena de gala que Obama ofrecía al primer ministro indio, la pareja ya es famosa, o al extraño accidente del golfista Tiger Woods a la salida de su casa sobre el que el deportista ha rehusado en dos ocasiones dar explicaciones a la policía.
Si algún periódico aislado se queja de que el Gobierno de Washington ha mostrado poco interés en los comicios hondureños alguien podría, pues, replicarle que la clase periodística debería hacer examen de conciencia sobre la cuestión.
En la prensa latinoamericana, sin embargo, sí hay mayores quejas sobre "las señales confusas y los vagos objetivos" del Gobierno de Obama con Honduras. Washington condenó inequívocamente el golpe contra el presidente Zelaya, cortó parte de la ayuda a Honduras, dejó de reconocer a los cónsules hondureños en su territorio que no habían declarado su fidelidad a Zelaya, etc. Sintonía, pues, con la Organización de Estados Americanos.
La disensión ha llegado a la hora de enjuiciar las elecciones. Muchos países latinoamericanos dicen que son ilegítimas por estar basadas en un golpe. Estados Unidos pareció inclinarse en un primer momento por admitir sólo tácitamente que si eran limpias tal vez sería la forma de salir del punto muerto en que se encuentra Honduras desde hace cinco meses. Las tesis de los que derrocaron a Zelaya de que el presidente preparaba a su vez un golpe de Estado legal para perpetuarse en el poder y de que todas las instancias legales de su país, Congreso, Tribunal Supremo, Fuerzas Armadas, etc., se oponían a su intento, empezó a abrirse camino en círculos oficiales y en la prensa de Estados Unidos. El hecho es que Washington admitió ya abiertamente hace días que reconocería al Gobierno salido de las elecciones si éstas eran correctas y transparentes. Le siguió Panamá y, lo que es más importante, Costa Rica, cuyo presidente Arias había sido el honesto mediador en la crisis.
El gesto de Washington, que está siendo acusado en Brasil, Argentina, etc., de pasividad en un país en el que tiene enorme influencia, ha sido explicado en una carta de Obama a Lula. El brasileño, que estos días recibía cálidamente a Ahmadineyad, lo que en Estados Unidos no ha entusiasmado, ha sido elocuente en su apoyo a Zelaya y le ha dado refugio, junto con otras 21 personas, en su Embajada en Tegucigalpa. El razonamiento de Estados Unidos, formulado por Valenzuela, secretario de Estado adjunto, es que la situación es insostenible y que lo que va a tener lugar no es una elección inventada por el Gobierno golpista para legitimarse o lavarse la cara sino algo que estaba programado por la Constitución hondureña y, por tanto, por el propio Zelaya.
En la actitud de Washington ha debido influir no sólo el temor de tener un nuevo Chávez cercano a sus fronteras, sino el apoyo estentóreo que el venezolano viene dando a Zelaya. Chávez contamina a los ojos de muchos estadounidenses. Que el cubano Castro denunciara las elecciones como ilegítimas y poco respetuosas de los derechos humanos ha sido comentado con ironía en Yanquilandia.
Que Porfirio Lobo será el ganador de la elección es algo casi pasado por alto en EEUU. Las especulaciones, donde las hay, se ciñen a cuántos países, y cuándo, reconocerán al Gobierno salido de las urnas.

