El crícket es un deporte soso e incomprensible para nosotros. Suscita, sin embargo, auténtica pasión en el sudeste asiático, varias de cuyas naciones, India, Pakistán... lo viven con parecida o mayor intensidad que nosotros el fútbol. De ahí que el atentado del martes en la ciudad de Lahore contra el equipo nacional de Sri Lanka haya conmocionado a la opinión pública de aquellos países.
El golpe terrorista, efectuado por una docena de personas, ha dejado unos ocho muertos, la mayor parte policías, y herido a varios de los componentes del equipo. Fue a plena luz del día y contra el autobús en el que viajaban los deportistas. Los asaltantes escaparon pero fueron un tanto chapuceros en la ejecución, un misil fue a dar contra un comercio vecino y una bomba de mano también pifió al pasar por debajo del bus sin tocarlo. Todo ello evitó una masacre.
El atentado pone de manifiesto la inestabilidad en Pakistán, incluso en una ciudad que se creía segura. El país ha de acoger el Campeonato Mundial de crícket en dos años y pocas selecciones se aventurarán a jugar allí partidos amistosos previos, se cuestionará la celebración.
Hay dudas sobre la paternidad. No se descarta la autoría del Laskhar-e-Taiba, el grupo que causó recientemente 170 muertos en los atentados de Bombay y con el que los servicios de inteligencia paquistaníes parecen haber coqueteado en el pasado, por utilizar una expresión diplomática, en su deseo de inquietar a la India en el contencioso de Cachemira y de estar bien introducidos en el avispero de Afganistán. Las autoridades de Pakistán deberían aprender la lección sobre lo que significa jugar con fuego y alimentar a aprendices de brujo.
La segunda conclusión es que los terroristas han buscado un blanco que haga muchos titulares. La publicidad es oxígeno para los terroristas, y nada mejor que atentar contra superestrellas. Los jugadores de crícket allí lo son, vienen siendo idolatrados por la gente.
La tercera es que Pakistán muestra una nueva grieta. Lo que representa una mala noticia para Estados Unidos y la Administración Obama. Sin la cooperación sincera y determinada de los dirigentes paquistaníes con su inmensa frontera con Afganistán, en la que se debe de ocultar Ben Laden, las posibilidades de estabilizar este último país, en el que EEUU y su aliados están peligrosamente involucrados, se convierten en más remotas.

