El Gobierno ha acordado subir los impuestos especiales sobre las labores del tabaco y el alcohol y los impuestos sobre las gasolinas para paliar el déficit de las políticas de gasto público que está aplicando frente a la crisis. En la explicación, un alto grado de temor a una reacción negativa de la opinión pública, justificada la medida en la frase de Sebastián "Subir el impuesto sobre el alcohol y el tabaco es de izquierdas". El problema de Zapatero y su Gobierno está en un permanente síndrome de progresismo infantil que les lleva a verbalizar, aun con la más soberana estupidez, cualquier acción política.
Puede ser acertado subir impuestos indirectos, que gravan el consumo, como los que se han subido, como ha declarado David Taguas, ex responsable de la Oficina Económica de Moncloa, que ha pedido al mismo tiempo una rebaja de los impuestos sobre el trabajo, es decir, de las cotizaciones sociales. Lo que nadie desconoce es que subir impuestos indirectos es mucho más cómodo que el incremento de los directos y con una recaudación mucho más fácil. Y lo que es una tomadura de pelo es que la izquierda redima sus pecados subiendo los impuestos a la cajetilla de Celtas cortos y la copa de brandy Veterano.
El problema de Zapatero, que traslada a sus ministros su identidad corporativa, es su estado de permanente redención ideológica como político de izquierda. Cada día, cuando se levanta, lo primero que se dice es que tiene que hacer su buena obra de izquierda, lo que le legitima para sostener su supuesta superioridad moral sobre el Partido Popular, como le dijo Jaime Mayor a López Aguilar, y pasar el resto del día contemplando los desastres acumulativos de su acción de gobierno.
Las reformas que se necesitan ni se plantean. La reforma del mercado laboral, para impulsar una política de oferta, se frena por los sindicatos, convertidos en los guardianes de la paz social y en los amortiguadores de la contestación en la calle. Un empresario de la construcción, hecho a sí mismo, me comentaba cómo había tenido que despedir a 600 de los 1.500 trabajadores que tenía, con un gran esfuerzo económico. La conclusión que añadía era una exclamación: ¡Qué me digan ahora que contrate a más gente!
La ampliación de la edad de jubilación, cuando han mejorado las expectativas de vida y la maquinaría y la tecnología han erradicado la penosidad de muchos trabajos, tampoco se quiere ni estudiar. La flexibilidad de las condiciones laborales, con jornadas vinculadas a la producción, contratos menos rígidos y que no conduzcan, indefectiblemente, a la contratación indefinida, ni se plantea. Todo se encubre bajo la excusa de que se quiere abaratar el despido, cuando los empresarios están solicitando un nuevo marco aplicable a los nuevos contratos y a la nueva economía que se caracteriza por su flexibilidad.
La adaptación a la Directiva de liberalización de Servicios también ha sido una reforma interruptus. El Gobierno ha sido incapaz de establecer un marco limitado de los colegios profesionales, que tienen que entroncar su obligatoriedad en la calidad profesional y la prestación de servicios, más que en la imposición por una norma que en muchos casos no tiene rango legal y encima es preconstitucional. Ha aparcado la cuestión y se remite a una futura regulación. La Unión Europa se dirige al mercado único de servicios que llegará aunque sea con años de retraso al mercado de bienes y productos. El Proyecto Bolonia busca generar el sustrato básico en la formación universitaria, que permita llegar al espacio único europeo en la homologación de titulaciones y después, en los servicios profesionales. La supresión de autorizaciones y licencias para implantar o ejercer actividades choca con la duplicidad y fragmentación de la economía española con importantes resortes en manos de las CCAA que, celosas de su poder, se niegan a perder competencias, imponiendo fielatos que incorporan mayores costes a la inversión.
Europa ha votado mayoritariamente a los políticos liberales, por mucho que algunos les hayan pretendido imputar la crisis. Una crisis que ha azotado las grandes y pequeñas economías, a uno y otro lado del planeta, actuando como un proceso depurativo de los excesos cometidos y, al mismo tiempo, regenerativo de los cuerpos sanos del sistema. Lampedusa, en El Gatopardo, puso en boca de su personaje la frase: "Es necesario que algo cambie para que todo siga igual". Estamos en el momento de cambios y adaptaciones a los nuevos tiempos. Los gobiernos no pueden limitarse a poner un paraguas, que no cubre a todos, para evitar que sus ciudadanos se mojen. Tiene que impulsar nuevas políticas y reformas que protejan el futuro, asentando valores mejores y más competitivos. Lo que no está haciendo Zapatero, cuya modernidad se acaba en su corte de pelo.

