Algunas encuestas, como la que publicaba ayer El País, más que revelar tendencias muestran evidencias. Basta con salir a la calle y escuchar, aunque sea ligeramente, para darse cuenta de que los españoles desconfían del Gobierno en materia económica, le achacan una desconcertante improvisación, siempre además a la defensiva, y constatan con los hechos que las decisiones adoptadas no resuelven sus problemas, aunque éstos no sean consecuencia directa de la crisis financiera internacional. No hace falta ser sociólogo y disponer de presupuesto para encuestadores y analistas para comprobar que el presidente Rodríguez Zapatero ha perdido el aura y la invisible conexión con amplios sectores del electorado de las que gozó en la primera legislatura de su mandato y que, a estas alturas, la sensación de que trata de sustituirlas con una retórica vacía es tan general que sólo mantiene sus porcentajes porque un grupo de votantes considera que Rajoy es peor. O el demonio. Con todo ello, responde a la lógica que, a pesar de los indecisos y del tiempo que queda para las próximas elecciones generales, la fotografía política del momento refleje un triunfo del PP.
Tampoco es preciso excesivo aparato demoscópico para descubrir que, incluso en esa circunstancia de una derecha ganadora, amplísimos sectores de sus votantes esperaban y esperan mucho más del PP. En la política general parecen tener la sensación de que el partido de Rajoy les sigue en el enfado por lo que pasa -no terminan de creerse que los políticos padezcan la crisis como ellos- y, sin embargo, en aquello que ellos podrían seguir al PP, en la formulación de una alternativa, la derecha política anda renuente y pasiva, sólo a la espera quizá del descalabro de los socialistas. Y en asuntos concretos, como las sospechas de corrupción en Valencia y las imputaciones en Madrid, la sensación es que, aunque se discuta sobre el qué, el PP podría hacer más. Esta descontado que sus adversarios políticos se lo reprochan, pero no es menos cierto que, entre los que votan o pueden votar a la derecha, se echa de menos una actitud que les proporcione la seguridad y el orgullo de que, ante sospechas o constataciones, se actúa de modo distinto a los negativos tópicos que circulan sobre la clase política.
Lo llamativo es que, siendo todo tan evidente, el Gobierno no haya rectificado hace tiempo pidiendo no sólo ayuda (como hace para los Presupuestos) sino ideas para un consenso serio que aborde los problemas estructurales de nuestro sistema económico. Da la impresión de que hace mucho que perdió la frescura de antaño y el miedo a la rectificación, como si fuese una baza para el adversario, se impone. Y no menos sorprendente es que el PP, en vez de insistir en que hace propuestas enarbolando unos papeles que a la mayoría no han llegado, se resista a la demanda de establecer y explicar, con afán crítico pero constructivo, una alternativa a la parálisis o la suerte de epilepsia normativa del Gobierno. Y que, en temas concretos como la corrupción, no gestione internamente las responsabilidades y las explicaciones oportunas. Da la impresión de que el miedo a los efectos de una hipotética "desunión" o al efecto coyuntural en determinados sectores de su programa se impone también.
Así que la instantánea de la política española no refleja otra cosa que los miedos ganando la partida a las evidencias.

