La foto de familia de la reunión del G-20 en Londres, todos aparentemente satisfechos, tiene una virtualidad más allá de las sonrisas: para la opinión pública acrecienta la credibilidad de las decisiones adoptadas el hecho de tener constancia del debate previo y el reto planteado por Sarkozy y Merkel al flamante presidente Obama. Hay una cierta desconfianza en distintas poblaciones sobre el uso de tan ingentes cantidades para la salvación del sistema financiero y, seguramente, se ha explicado bastante mal la necesidad de conseguir su rescate como medida previa para que el resto de la economía funcione. Seguirá siendo un misterio para muchos, o un motivo de queja, mientras no se abra un debate serio -y pedagógico- sobre lo que se puede hacer "aprovechando" u obligados por la crisis.
El que desde luego ha terminado antes de comenzar es el de los funerales del capitalismo, su refundación y otras lindezas retóricas que se pusieron fugazmente de moda cuando la crisis tomó, por primera vez, el rostro de lo angustioso. Ahora estamos, salvando el sistema financiero, en el esfuerzo por salvar también el capitalismo, asunto que, sin embargo, da mucho juego para la retórica y poco, por el momento, para el debate más sosegado e interesante. El triunfo de Sarkozy, según las crónicas, ha sido incluir en la agenda y en las resoluciones de la cumbre la persecución de los paraísos fiscales, y el éxito frente a Obama resulta ser el reconocimiento de una deficiencia, ya que en la Unión Europea no se ha logrado hasta el momento ni una definición aceptada por todo de lo que realmente es aquello que debe perseguirse.
De todos modos, este tipo de medidas, como también el incremento de fondos y competencias del Fondo Monetario Internacional, revelan que no hay alternativa al capitalismo ni a la eliminación del proteccionismo económico. Sin ayudas (económicas y de libertad de comercio) a los países más pobres o emergentes, no hay solución en el primer mundo. En vez de sustituir o refundar el capitalismo se trata de ajustarlo a su verdadero sentido. Cuando se habla de la necesidad de confianza, de respeto a los interlocutores, de eliminar los abusos, de ajustarse a la ley, etc. se está reconociendo que el mercado -insustituible si se pretende mantener el progreso y la libertad- precisa instituciones políticas y legales a las que se debe dar carta de naturaleza. No es que haya que limitarlo, lo que se precisa es darle su verdadero sentido y contenido.
El presidente Rodríguez Zapatero, mientras, se aturulla. Ni aquellas "políticas de izquierda" que anunciaba como panacea se han puesto en marcha ni parece, por el momento, haber sacado consecuencias locales de lo que se está haciendo y debatiendo fuera. Le basta con las fotos con Obama y la declaración pomposa de que será muy fácil entenderse con él. Le basta a él pero no a los ciudadanos.

