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Germán Yanke

Germán Yanke

La desgracia de Haidar

08/12/2009 | 15:38 h.

La desgracia que vive Aminatu Haidar en el aeropuerto de Lanzarote comienza, en lo que a España se refiere, con la Marcha Verde y la huida de España dejando el Sahara Occidental no precisamente a su suerte, sino a la de Marruecos que, entonces y ahora, suele aprovechar adecuadamente las circunstancias para salirse con la suya. Lo hace sin consideraciones. El drama que vive la activista saharaui, a la que se quiere impedir volver a El Aaiún, tiene también su fundamento en el desprecio -porque ha sido desprecio más que distancia- de España con su antigua colonia. A diferencia incluso del compromiso formal de Portugal en su Constitución con las colonias, nosotros no nos hemos planteado la responsabilidad histórica que tenemos ni en los textos legales ni en la actividad política cotidiana.

Siempre hemos colocado por delante otros intereses a la suerte de unos ciudadanos a los que, como se ve en el caso de Haidar, Marruecos quiere considerar súbditos hasta el punto de convertir alguno de sus derechos, porque los demás son siempre negados, en contrapartida a la sumisión al monarca. El Sahara Occidental se ha convertido así en un asunto menor de la oposición, sea cual sea, y, con Marruecos, se ha negociado la tranquilidad propia o los beneficios económicos. Tampoco el Sahara es nuestra única vergüenza: hace bien poco, nuestros representantes políticos, de izquierda y de derecha, han celebrado con mucho contento la dictadura y al dictador de Guinea. Las responsabilidades de la antigua metrópoli quedan en nada.

De todos modos, nadie puede pedir lo imposible y, en el escenario de lo posible, está bien que haya un acuerdo de todas las fuerzas parlamentarias, al menos para negociar si se puede y exponer una posición sólida ante Marruecos. Para ello hay que fijarla, que ya va siendo hora. Marruecos, ante muchas potencias occidentales, escuda sus chantajes y sus presiones en ser una suerte de frontera para el islamismo radical. España no puede dejarse ganar por ello ni aceptar la opción que ayer mismo planteaba su ministro de Asuntos Exteriores: o negocios con Marruecos o estar con los desheredados del Magreb. Más vale estar con los derechos humanos dentro y fuera de Marruecos. Fijar una posición exige también una diplomacia que no es sólo ceder ante Rabat, sino influir y ayudar a establecer también la de la Unión Europea y Estados Unidos. En la última crisis, con Aznar y la invasión de Perejil, el papel de Washington y su Departamento de Estado fue fundamental para presionar y hallar una solución diplomática. Ahora parecía que volvíamos a tener relaciones casi amorosas con Estados Unidos y Francia, que aprovecha nuestras dificultades, pero parece que el amor declarado no es lo mismo que la influencia.

08/12/2009 | 15:38 h.

Germán Yanke

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