Hay que reconocer que, en lo que atañe al europeísmo, en España hemos sido un tanto papanatas. Aquí están, en número, los más europeístas, los que primero tenían que aprobar la difunta Constitución de la Unión, los que colocaban Europa como el primer objetivo de la política, los deseos y las emociones. Papanatas, digo, porque todo ello se conjuga con un pasmoso desconocimiento de las instituciones, los procedimientos y los mecanismos europeos. Nada sabe nadie de la aprobada Constitución, de los tratados anteriores y posteriores, de lo que pueda significar presidir la Unión a partir del próximo primero de enero. Todo tiene su explicación: seguramente después de tantos años de aislamiento, de no poder ser socios de pleno derecho en la construcción europea por la dictadura, de complejo (a veces justificado) ante nuestros vecinos, la Unión Europea era el espaldarazo de la normalidad, la confirmación de que éramos por fin demócratas y que estábamos en el mundo. Cómo no íbamos a ser los campeones del europeísmo si, además de todo eso, recibíamos dinero, veíamos los carteles de la Unión en las obras de las infraestructuras que iban cambiando el país y nuestros socios, como recordó el primer ministro alemán, nos aportaban entre un punto y punto y medio para que nos enorgulleciéramos de nuestro superávit...
Ahora han cambiado las cosas. Se nos acaba el chollo, nos hemos acostumbrado a ser (desde siempre, naturalmente) más demócratas que cualquiera y, para mantener el europeísmo, ya que seguimos desconectados e ignorantes, nos salva el antiamericanismo rampante según la vieja y ya modificada teoría del presidente Rodríguez Zapatero en los tiempos de Bush: desconectémonos de las infernales influencias de la Casa Blanca y pongamos nuestras miradas y nuestros emotivos corazones en la "Vieja Europa". El presidente, ya lo sabemos, es en estos momentos el inspirador de Barack Obama en todo salvo en lo de la guerra justa como instrumento de la paz, que debe ser una herencia de la anterior Administración estadounidense, pero no por ello, faltaría más, va a dejar se ser el primero de los europeístas, aunque se vaya quedando atrás en la adopción de algunas medidas bastante extendidas en los países socios para hacer frente a la crisis económica.
Ama Europa, no hay duda. Y más cuando, en un momento tan agobiante, Europa le proporciona dos coartadas perfectas. La primera, la presidencia de la Unión en el primer semestre del 2010, que le da una posición que no ha tenido en el escenario europeo e internacional, y desgraciadamente, por méritos propios. Y la segunda, porque, en ese contexto, casa muy bien su insistencia en que los problemas económicos de España no son realmente "nuestros", como lo son (e incluso anteriores al estallido de las subprime), sino en todo caso importados, fruto de la escena internacional, algo sobrevenido en lo que el Gobierno no tiene responsabilidad ni por activa ni por pasiva. Hasta en el documento que presentó el lunes a los presidentes autonómicos, como si llegaran a Madrid de la estratosfera, se insistía en ese diagnóstico. Viene bien amar tanto a Europa, ya se ve. Y al mundo entero.

