Puede haber algún fanático, que los hay, pero tiene razón Obama: Estados Unidos no está en guerra contra el Islam. Ni lo estaba antes. Ni lo están la OTAN, España y el resto de países occidentales. Es más, la mayor parte de ellos, bien sea a través de legislaciones internas, de no solicitar con los países islámicos ninguna reciprocidad, de ayudas al desarrollo, etc., han mostrado una especial sensibilidad que no alcanza a otras creencias, del tipo que sean. La guerra del Islam es, en primer lugar, interna, la que tiene por agresores a quienes se abonan al dogmatismo cerrado y como víctimas a los que se muestran abiertos al mundo y alejados del fanatismo. Entre los primeros, además, hay quienes hacen la "guerra santa" -que ya es una contradicción en sus términos: puede haberla justa, pero nunca santa- contra los "infieles", que no son otros que los que representan y defienden la sociedad abierta.
No hay tal guerra, ciertamente, pero tampoco hay -no puede haber- cesión alguna a quienes, por aquello de la paz, pretenden que los países libres acepten todos o parte de sus presupuestos antidemocráticos. Si hay que defender y ayudar a alguien será, sin duda, a los que, en el Islam, proclaman la democracia y las libertades. Y defenderse de los que pretenden conculcarla. No hay guerra, por tanto, pero hay que reforzar la presencia militar en Afganistán para que los talibanes no dominen el país y para evitar el apoyo al terrorismo islamista: lo que ocurre allí, como ya todos aceptan, nos afecta directamente; no es sólo solidaridad con un Gobierno atribulado y atacado, sino defensa propia.
Con este bagaje, y buenas dosis de prudencia, ha pasado el presidente de los Estados Unidos por el Foro de la Alianza de las Civilizaciones de Estambul. Recepción sí, cena ya era demasiado. El entusiasmo corre de cuenta del presidente español, que anda por el mundo de fotos más seguras y convenientes que las pretendidas con lo que terminaron siendo serios traspiés. No le vendría de más unir al entusiasmo algunas dosis de realismo. La "alianza" no puede ser, bajo la disculpa de las "civilizaciones", entre la civilización, que es plural pero basada en instituciones democráticas y libertades individuales, y los que se alejan de ella por el fanatismo religioso. Así, incluso a los moderados hay que acercarles a algunos principios de la sociedad abierta en vez de transigir con los que no lo son. Rodríguez Zapatero, entusiasmado, ofrece la cooperación del Foro de Civilizaciones a la OTAN. No dice que la buscará entre unos países y otros, entre unas organizaciones y otras, sino que, sin más la ofrece. Conviene subrayar que ha habido que presionar y negociar hasta lo indecible para que el primer ministro danés, Anders Rasmussen, pueda ser secretario general de la OTAN venciendo la resistencia turca. Una resistencia basada, además, en un claro rechazo a la libertad ya que la causa de la negativa era el famoso episodio de las caricaturas de Mahoma.
Obama, que algunas cosas las ve desde lejos (y desde sus propios intereses), se apunta a la entrada de Turquía en la Unión Europea como si fuese su casa. Rodríguez Zapatero, claro, se suma al carro y tiene que recibir, otra vez, la llamada a una cierta prudencia y realismo desde París. Pero la foto y la amistad entrañable con Sarkozy ya la tenía de antes y ahora es más útil, al parecer, ser considerado "amigo" del norteamericano que batirse por las pretensiones francesas y alemanas en el G-20. Y estar más atento a su Foro que a un concepto claro de lo que pueda significar políticamente la Unión. Si la foto no sale, se repite.

