En aquel famoso debate televisivo entre el entonces vicepresidente económico Pedro Solbes y el flamante fichaje de Rajoy, Manuel Pizarro, ambos candidatos, que encarnaban el afán de los dos grandes partidos por hacerse con la confianza de los ciudadanos en materia económica, coincidieron en que el sistema productivo español, basado artificialmente en el ladrillo, debía cambiar. Y en que el cambio exigía reformas e incentivos. El presidente del Gobierno, en comparecencias desde la primera etapa de este año que ya va a terminar, ha venido insistiendo en ello, añadiendo, con la peculiar visión demiúrgica de su papel, que todo eso ocurriría con la Ley de Economía Sostenible. Se aprueba, por fin, el anteproyecto y se comprueba, con tristeza incluso para aquellos que no suponga sorpresa, que la tan cacareada ley, que no es ajena a la buena voluntad, no contiene ni una reforma de calado. Si suena bien a otros no suena mejor de lo que se escuchó en aquel debate, cuando el Gobierno aseguraba que la crisis, si llegara a existir fuera de nuestras fronteras, no lograría ni rozarnos. Viernes de Consejo de Ministros y víspera de nada.
Parecía que, cargándose el tradicional consenso entre los dos grandes partidos acerca de la arquitectura constitucional, el presidente tenía claro el mapa de la reforma del Estado en la que se embargó para conseguir un liderazgo por agregación con tremenda imprudencia. Desde aquella promesa de aceptar, fuese lo que fuese, lo que aprobara el Parlamento de Cataluña, pasando por la escena del sofá con Artur Mas y por una negociación en la que contaban más las componendas políticas que el rigor jurídico, hemos llegado a otras reformas de Estatutos en las que el criterio general no está nada claro y a un exceso, el texto del catalán, que puede producir, cuando la esperada sentencia del Tribunal Constitucional se conozca -si llega a conocerse- cualquier cosa menos un Estado de las Autonomías coherente. Lo único que se ha conseguido por ahora es que las políticas generales, necesarias siempre e imprescindibles en circunstancias como las actuales, sean cada vez más difíciles, algunas imposibles. Días de optimistas promesas y vísperas de nada.
Para seguir pedaleando, aunque ya no se sepa bien dónde está la meta, el PSOE se ha empeñado en aprobar el Presupuesto para el 2010 sin atender a las recomendaciones más variadas, dentro y fuera del Parlamento. Le ha bastado, para desaprovechar la ocasión, con pactar con quienes pedían a cambio algo que no tenía nada que ver con la política económica que diseñan. Es más, incluso aceptando, junto al apoyo, las críticas al diseño del Gobierno. Y lo ha hecho, además, despreciando de modo espantoso al Ejecutivo vasco de Patxi López y dando la oportunidad al PNV, la oposición en el País Vasco, de vetar o no las transferencias de las políticas activas. Empezó haciéndolo con el Concierto Económico, en el que del modo más irresponsable se puso del lado del nacionalismo vasco en una estratagema sin contenido pero dañosa para López, y termina ahora con el desarrollo estatutario. Grandísimo apoyo retórico al histórico Gobierno vasco socialista y víspera de nada.

