Mucho se ha teorizado sobre la "sociedad del riesgo" en que vivimos, sobre la fragilidad de las democracias para defenderse y sobre las zonas más peligrosas del planeta. Pasa con ello como con la tópica distinción entre saber que vamos a morir y estar muriéndonos: constatamos que es cierto cuando los riesgos, los peligros y las violencias nos tocan de cerca. Lo hemos experimentado con el secuestro del Alakrana, que no es el primero de un barco español pero que ha conmocionado a la opinión pública por su duración, su dramatismo y la polémica acerca de la gestión política del mismo. Lo experimentamos ahora de nuevo con el secuestro en Mauritania de tres cooperantes españoles de una caravana que pretendía ayudar a las ONG que trabajan en la zona mediante el trasporte urgente de material necesario para su trabajo.
Como ocurría en el caso de los pescadores secuestrados en el Índico, la preocupación ahora de los familiares -y con ellos la de todos- es su rápido rescate. El ministro del Interior subrayó ayer la sospecha de que los secuestradores pertenezcan al grupo de Al Qaeda del Magreb, que recientemente anunció la incorporación de algunas organizaciones radicales de la zona. La delicada situación es evidente, pero más vale saber con quienes nos enfrentamos que la falta de información fidedigna. A diferencia de Somalia, España y los países de la Unión cuentan con buenas y estables relaciones con Mauritania, como ya ayer mismo se comprobó con el compromiso de su ejército y con la presencia de la Guardia Civil en la zona para el control de la inmigración, y contará asimismo con la de Mali, país al que se intenta que no lleguen los secuestradores por el desierto.
La liberación es, por tanto, la tarea urgente, aunque seguramente no será rápida ni fácil por el carácter del grupo presuntamente implicado en el secuestro. Pero al mismo tiempo y después es necesaria una seria reflexión (que va más allá de España aunque no nos sea ajena en absoluto) para tratar de minimizar esos riesgos que no son evitables del todo. Las zonas más peligrosas deben estar claras para los ciudadanos españoles, y quien acuda a ellas debe tomar las adecuadas precauciones. La cooperación de la Unión Europea, incluso militar, con los países del Magreb debe ser intensificada y la batalla internacional, allí donde sea necesaria, contra Al Qaeda y sus métodos terroristas tiene que actualizarse y potenciarse, lo que a menudo se olvida en los países occidentales cuando no se ven sometidos a la presión y el drama de circunstancias como las que viven ahora los tres cooperantes, sus familias y la sociedad y el Gobierno de España. Los riesgos son muchos, no hay duda, y ahora hay que atender a lo urgente en todos los campos, desde el diplomático al militar, pero la pasividad cuando no se hacen dramáticamente presentes contribuye a que aumenten.

