Irán. No es fácil -seguramente no es posible- mantener la tensión a diario contra una dictadura, que no tiene empacho en detener a los disidentes o anularlos en una suerte de muerte civil que se justifica por el carácter religioso del régimen: los opositores no sólo son molestos, son, además, paganos o herejes. Pero los iraníes salen cuanto pueden a la calle, asisten a actos reivindicativos o de protesta por las irregularidades de las últimas elecciones, y resisten contra todo pronóstico. Contra todo pronóstico, insisto, porque ni fuera del país se podía esperar que el fraude electoral encendiera este movimiento opositor, ni dentro podían imaginar, en un escenario en el que han tratado de utilizar todos los resquicios tecnológicos para mostrar su lucha, que ésta se contemplara en otros lugares con tanta pasividad.
Esta semana, en Teherán, el ex presidente Rafsanyani se ha manifestado ante miles de personas contra la "victoria" de Ahmadineyad y reclamando la libertad de los detenidos durante estas semanas. Desde Occidente se contempla con escepticismo. Para unos, como imprudentemente dijo Obama en su momento, todos son iguales o las diferencias mínimas: Musavi, Ahmadineyad, Rafsanyani, etc. Para el actual presidente de Irán y los ayatolás que le protegen también son iguales Obama y Bush, como si eso fuese un argumento y como si el Departamento de Estado no reparase en que el fondo del asunto es una sociedad que se rebela con hartazgo contra la dictadura religiosa. Para otros, la Unión Europea especialmente, toda la retórica sobre Irán, incluida su carrera nuclear, persigue una tranquilidad, la propia, con la cabeza metida bajo la manta para no ver lo que ocurre ni lo que puede ocurrir a medio plazo. Es esto algo que parece desgraciadamente unido a la distancia con los que, allí, aspiran a una libertad negada por la dictadura. Ni incluso tras las expulsiones diplomáticas -después de las de muchos periodistas- y de la detención de empleados de la Embajada del Reino Unido se ha visto una reacción que vaya más allá de los amagos.
Para los más es un asunto ajeno que, en todo caso, se comenta con desdén. ¿Se sabe realmente quién ha ganado las elecciones? Se sabe, ciertamente, que no han sido democráticas y que las irregularidades han sido tantas que hasta el Consejo de Guardianes ha tenido que aceptar algunas. ¿La opción que se propone para reaccionar contra la dictadura y el peligro nuclear es la guerra? Con esta pregunta son muchos los que no quieren hacer nada salvo protestar contra un hipotético enfrentamiento bélico de un modo, por cierto, que no se da cuando Chávez agita la amenaza de guerra en Centroamérica. Todos ellos, que consideran que la intervención aliada en Iraq no tenía nada que ver con la liberación de unos ciudadanos sometidos por Sadam, deberán reconocer, como hace poco escribía Jacques Atali, que, en ese escenario, Occidente no ha intervenido desde la Segunda Guerra Mundial a favor de las poblaciones que padecen dictaduras, por dramáticas que hayan sido las represiones: Chile, Polonia, Checoslovaquia, etc.
Por no hablar de la guerra, ni vemos una acción diplomática y económica seria contra la dictadura de los ayatolás ni los opositores tienen el apoyo serio de Occidente. Todos tranquilos, por tanto, salvo los iraníes.

