Si los independentistas catalanes querían convertir su objetivo político en una opción seria que forme parte del debate político, han terminado por conseguir que se convierta en un esperpento. No es otra cosa la convocatoria de falsos referéndums en algunos municipios, unas consultas que son, en el fondo, una burla a la democracia por su convocatoria falseada y privada, por la falta de las garantías que las convocatorias a las urnas deben tener en los Estados de Derecho y por el absurdo de las mismas. Si a esto se añade que ni la anterior ni las de ayer logran participaciones sensibles de los ciudadanos, el esperpento no es la descripción lógica para el que observa, sino también para el que lo promueve.
El esperpento, además de subrayar el descrédito de los promotores, tiene algunos elementos preocupantes para todos y, en especial, para los catalanes. No es asunto menor para la seriedad de la política, desde luego, que en un esperpento de esta naturaleza participen representantes significativos de partidos que están gobernando en Cataluña o son, para ello, la alternativa con más posibilidades. Cada cual puede enfrentarse a sus ansiedades insatisfechas de la manera que le resulte más cómoda (o más fácil). Artur Mas declaraba hace pocos días que una consulta sobre la independencia, se entiende que una consulta seria, legítimamente convocada y con las garantías suficientes, supondría un revés en estos momentos para quienes sostuvieran el sí a la misma y que, por ello, más valía seguir trabajando por ello y convocarla más adelante. El presidente de ERC, Joan Puigcercós, replicó que esa posición suponía una suerte de independentismo estratégico mientras el suyo era "sustancial", por lo que defiende, sabiendo que no ocurrirá, es decir, que así su partido podrá seguir en el poder coaligado con el PSOE, que el hipotético referéndum debía hacerse la próxima legislatura, aunque el resultado sea negativo para sus objetivos. Se diría que las frustraciones de ambos obtienen consuelo en esperpénticas consultas como las de ayer, pero más allá de las pócimas privadas, desde el punto de vista del funcionamiento de la democracia y las instituciones, demuestra una deslealtad con todo ello fuera de lo común, propia de adolescentes desconcertados y no de políticos a los que se pueda confiar la gobernación de una comunidad autónoma de la importancia de Cataluña.
El presidente del Gobierno dijo la pasada semana que las consultas no llevan a ningún sitio. Es cierto que no tienen ningún valor, pero llevan a la contradicción política de su partido, que gobierna allí con quienes promueven o jalean el esperpento y pacta en Madrid con ellos tan a menudo. Ése es el drama político que excede el simulacro y el espectáculo sin sentido. Debería reflexionar el presidente tanto como el PP que, para desquitarse de sus complejos, anda por ahí diciendo que puede pactar con cualquiera, como si "cualquiera" estuviera dentro de los parámetros de lo razonable en un Estado de Derecho que merezca tal descripción.

