Es difícil de entender la contundencia con la que han reaccionado algunos sindicatos policiales y de la Guardia Civil a la advertencia del ministro Pérez Rubalcaba sobre los preparativos de ETA para llevar a cabo, coincidiendo con la presidencia española de la Unión Europea, algún gran atentado, posiblemente un secuestro. En primer lugar, la información directa a los afectados de uno u otro modo (posibles víctimas y Fuerzas de Seguridad) para que tomen las precauciones necesarias o se preparen para lo que pueda demandarse de ellos no tiene por cauce las representaciones sindicales de los agentes. Más pasmoso es aún que se quejen de que un anuncio como el que hizo ayer el ministro del Interior crea alarma social. La alarma social la crean los terroristas y el conocimiento de lo que puedan hacer sirve para que se incremente el cuidado y la colaboración de todos contra la banda criminal. Tampoco es la primera vez que, al tener conocimiento de los movimientos de los terroristas y de sus planes escritos o no, el Gobierno advierte de posibles peligros. Incluso está previsto en los protocolos de niveles de alerta. Y hemos conocido en las últimas semanas cómo diversos gobiernos occidentales alertaban a sus ciudadanos de posibles atentados del terrorismo islamista.
La época en la que, desde Platón a Maquiavelo, se debatía sobre si al pueblo hay que decirle la verdad o cuidar de él manteniéndole en la ignorancia no casa ni con las sociedades modernas ni con el sistema democrático. Más vale saber lo que pasa y lo que los criminales preparan y obrar en consecuencia. Lo que nos recuerda esta dramática alerta es que ETA no es cosa del pasado. Su debilidad y la dificultad para seguir su senda asesina puede dar a veces esa falsa impresión convirtiendo la discusión política sobre la lucha antiterrorista en la exclusiva revisión de lo que pasó durante el último "alto el fuego" y la negociación frustrada iniciada por el presidente Rodríguez Zapatero. ETA está debilitada pero activa y sigue empeñada en el crimen, ajena, como corresponde a su ideología y a su entraña violenta, a cualquier resorte interno para abandonar ese camino.
Un secuestro es más difícil de organizar que un asesinato porque requiere una estructura y la participación de más terroristas, pero, como apuntaba el ministro, se mantiene en el tiempo y puede dar la impresión, como ETA quiere, de que dispone de una fortaleza que se pone en duda. Seguramente sería mejor aceptado por sus partidarios que un asesinato o la colocación de bombas. Todo ello hace aún más oportuna la advertencia y más necesaria la colaboración ciudadana con las Fuerzas de Seguridad. No hay más misterio. El misterio, por decirlo eufemísticamente, es que algunos partidos nacionalistas vascos se sumen a las quejas por la alarma social añadiendo, en algún caso, que se trata de una disculpa para proceder a detenciones. Para estas no hacen falta disculpas porque los motivos son evidentes. Para estar alerta y vigilantes tampoco.

