En enero del 2007, gracias a una cita con sir Marrack Goulding -antiguo secretario general adjunto de la ONU-, tuve la oportunidad de saludar a Margaret Thatcher en el hotel Ritz de Londres. La verdad es que bastaba con estar allí, porque la ex premier saludó a todo el mundo, desde las señoras que tomaban el té hasta los camareros, pasando por el pianista, que tuvo que interrumpir la interpretación de Chopin para corresponder a la anciana dirigente. Se movía con lentitud pero no parecía haber perdido ni la fuerza interior ni la memoria, aunque esta última ya flaqueaba: año y medio después, su hija reconoció públicamente que padecía alzheimer y que algunos síntomas de remontaban a ocho años atrás. Aquel día frío del 2007 parecía estar en forma y con sentido del humor: "Es usted español, ¿no? Creo que Thatcher es un insulto en España", dijo con una risita. "No, no", le dije, queriendo quitar hierro al comentario de la famosa Dama de Hierro. "Me lo dijo Aznar", respondió zanjando el asunto.
La anécdota coincide con la leyenda, que resulta no serlo. Cuando el recién elegido presidente del PP comenzó sus contactos internacionales se encontró con una Margaret Thatcher escéptica y recelosa con la refundación del partido de la derecha. Le dijo que no contara demasiado con ella para apoyar un partido fundado por un ministro franquista. Aznar, sobreponiéndose al primer susto, le respondió que, en las discusiones en el Congreso con el Gobierno y el grupo socialista, no le llamaban precisamente "fraguista" -ya que a Manuel Fraga se refería- sino "tatcheriano". La anciana tory mezclaba recuerdos y datos (¿cuántas veces se había dicho que años antes había confundido la guerra de Bosnia con la de las Malvinas?), pero parecía recordar aquello con claridad. Peor había sido su apoyo a Pinochet, no tanto por yerro mental sino por olvidar, un poco oxidada ya, los principios y defender al dictador "amigo" por su actitud en la pugna bélica con la dictadura "enemiga" de Argentina. Pero Thatcher como insulto, asunto mucho más viejo que éste, era más bien la reacción de impotencia en el debate ideológico contra unas ideas que habían sido defendidas con tanta convicción como eficacia.
El éxito de la premier -se cumplen treinta años de su llegada a Downing Street- fue la sorprendente combinación de unas ideas, que recogió de lord Harrys y otros intelectuales y expertos, con un profundo conocimiento de los entresijos de la sociedad británica. En una discusión en el Consejo Europeo sobre relaciones laborales y protección de los trabajadores, Thatcher dio un golpe en la mesa y preguntó al resto de sus colegas europeos cuáles eran sus trayectorias profesionales. Entre abogados, profesores universitarios y altos funcionarios, la Dama de Hierro dijo: "Así que la única de todos nosotros que ha trabajado de obrera en una fábrica soy yo". Cuentan que describió con tanto patetismo la dureza de aquel trabajo durante la Segunda Guerra Mundial, que el único que en el Consejo se atrevía a bromear con ella, Giulio Andreotti, apuntó con sorna: "Señora Thatcher, además de usted, ¿sobrevivió alguna otra persona en aquella fábrica?".
Seguir convirtiendo su apellido en insulto -evitando así el debate sereno, que ella nunca rechazó- es mantener de algún modo el complejo de algunas propuestas intervencionistas, por mucho que estén hoy aparentemente reivindicadas por la crisis. Su éxito fue más allá de sus mandatos, impidió el triunfo del laborista Kinnock, que se deslizaba a la izquierda, y estableció un marco de debate en el que la única alternativa a los conservadores tenía que ser la moderada tercera vía de Blair. Hasta el punto, además, de que la recaída en las viejas costumbres intervencionistas, más obligada por la confusión ante lo que ocurre que por el convencimiento político, está llevando a Gordon Brown al precipicio de la escisión y el fracaso. Si ella ya no se acuerda de ello, lo recuerdo yo.

