Desde que comenzó a airearse todo el asunto 'Gürtel' (en el que hay desde sospechas absurdas a imputaciones bien fundadas) el PP se ha revuelto denunciando una persecución inspirada o amparada por el Gobierno en la que cabrían desde el trato desigual a las filtraciones interesadas pasando por actuaciones dolosas de fiscales, policías y los jueces. Toda esta "defensa", en la que se ha insistido sorprendentemente más que en la explicación del fondo de los asuntos, ha dado en ocasiones la impresión de que se trataba de disculpas de mal pagador que trataba de emborronarlo todo para que no se viera algo concreto. Desde luego, un planteamiento general de estar en una suerte de Estado policial en el que el PP era acosado y perseguido era cosa que precisaba algo más que formulaciones genéricas de los implicados. Tengo para mí que, por exceso, han quedado en el saco de los gestos amargos y poco concretados incluso muchas de las evidentes irregularidades que se han cometido en todo este largo y extenso, incluso geográficamente, proceso.
Se ha producido ahora un nuevo revuelo en el que se trata de implicar en la trama a la Junta de Castilla y León por el supuesto pago de unas supuestas comisiones al jefe de la 'Gürtel' basado en un "informe policial". Antes se planteó la supuesta financiación ilegal del PP valenciano sobre la base de otro documento similar. Sorprendentemente, los informes policiales -que antes seguían caminos bajo la superficie de fiscales y jueces- son ahora la materia fundamental de las acusaciones y lo son también incluso cuando los jueces no consideran que en ellos haya materia para abrir diligencias o procesos o cuando la misma Policía no parece actuar más allá de su redacción anónima. No deja de llamar la atención de que las actuaciones policiales, planteadas no como una fase de su trabajo sino como un arma arrojadiza, terminen o empiecen su periplo en las redacciones de los medios de comunicación. Y aún sorprende más que en la mayoría de los casos se entreguen a interesados (en la acusación, claro) o a tribunales con dosis considerables de vaguedad o de interpretación forzada, como es el caso de la interpretación de cifras o en la identificación aventurada de siglas. Se puede comprender que los agentes encargados del caso evalúen sospechas, hagan cábalas sobre datos, acumulen los papeles elaborados tiempo atrás, etc., pero es menos aceptable que todos esos materiales subjetivos y en muchos casos no confirmados se conviertan en documentos oficiales que se airean como si fuesen pruebas irrefutables o sentencias confirmadas.
Si al mismo tiempo aparecen en el sumario del Tribunal Superior de Justicia de Madrid del que se ha levantado parcialmente el secreto transcripciones de conversaciones entre imputados y sus abogados, por mucho que se pretenda justificar con autorizaciones judiciales previas o no tan previas, la sospecha de que no hay modo de fiarse aquí ni de la presunción de inocencia ni de la seguridad del derecho a la defensa se va agrandando peligrosamente. De hecho, la mayor parte de los datos de esos informes que provienen de conversaciones intervenidas no son hilos de los que los investigadores tiran para hallar evidencias, sino frases que se trasladan a esos papeles volantes que se llaman ahora informes policiales.
Una cosa es el fondo de los temas y la valoración de las pruebas que hagan los tribunales. Otra es la necesidad de que los implicados, y los partidos a los que están vinculados, den las explicaciones oportunas a la opinión pública. Pero nada de esto justifica que algunos policías, amparados en el sistema judicial, vayan convirtiendo sus sospechas (y algunos cotilleos) en material para incidir en la opinión de los ciudadanos más allá de los procedimientos razonables. No es que vivamos en un Estado policial, pero el Gobierno (y los jueces a los que atañe el tema) deberían hacer algo por aclararnos que la Policía trabaja con criterios claros y reglados y que la confidencialidad de las sospechas y de las actuaciones parciales e incompletas está asegurada. Y no para que consolemos al PP de sus sustos, sino para que no nos asustemos todos.

