A lo largo de la mañana de este miércoles, el tesorero del PP, Luis Bárcenas, declarará ante el Tribunal Supremo en una comparecencia solicitada por él mismo. Bárcenas se ha convertido últimamente en uno de los personajes más conocidos y "comentados" del panorama político nacional, acusado de irregularidades con más contundencia e insistencia que casi ningún otro. Apunto ahora esta larga serie de acusaciones porque he podido leer en los últimos meses, en el escenario un tanto vaporoso del 'caso Gürtel', que era el artífice de una supuesta financiación ilegal del PP, que blanqueaba dinero en paraísos fiscales, que se llevaba el dinero de pretendidos sobornos, que no había manera lógica de justificar su patrimonio, que la Policía Judicial le tenía tan vigilado como calado, etc. Y, siguiendo esta estela, que quienes le seguían sosteniendo como tesorero del partido tenían que hacerlo, necesariamente, porque algo tenían que ocultar.
Sobre todo ello se ha desplegado más emoción y tensión política que incluso sobre los hechos porque la batalla ha sido doble: judicial por un lado, desde la Audiencia Nacional al Tribunal Supremo pasando por el Superior de Madrid, y por otro, mediática y política, aprovechada con filtraciones y acusaciones no sólo desde fuera del PP, es decir, desde donde interesa el desgaste de este partido, como desde dentro de él, en el que las guerras, aunque sean sordas (que no calladas), son constantes. Pero si dejamos a un lado las emociones y los intereses, esta declaración de Bárcenas ante el juez tiene dos aspectos paradójicos. Para empezar, que es la primera, lo que, aunque esté procesalmente justificado, no deja de llamar la atención tras tan largo y ruidoso barullo. Y, después, sobre el fondo del asunto, que de todas las acusaciones, los rumores y las investigaciones, el Supremo le tiene como "imputado provisional", en función de la documentación trasladada por el TSJM, por dos únicos asuntos: un supuesto delito fiscal porque pidió un crédito de 300.000 euros que luego devolvió al parecer sin incluir la operación en su declaración patrimonial y un supuesto cohecho porque, en el año 2003, habría recibido, no se sabe a cambio de qué, 70.000 euros de la 'trama Gürtel'. Sería, según la investigación y la Fiscalía, el "Luis el Cabrón" que aparece en las anotaciones de Correa y amigos como receptor de esa cantidad. Se ha hablado tanto de él y de tantas cosas que, sin restar importancia a lo citado, da la impresión de que, al llegar al Supremo, la montaña ha parido, por el momento, un ratón. O, en todo caso, dos.
Resulta ahora que, como tantos se han interesado en los asuntos de Bárcenas, hay ya quienes, en el tema fiscal, llaman la atención sobre el hecho de que, sin declaración o sin ella, tener 300.000 euros en el bolsillo y deber 300.000 euros al banco no tiene impacto patrimonial relevante. Y ahora corre como un reguero, no sé si de pólvora, que "Luis el Cabrón", que Bárcenas negaba ser, es una descripción contable, por decirlo de algún modo, de un importante empresario de la construcción. Es más, que éste tampoco habría recibido soborno o comisión sino, sencillamente, que habría recibido la devolución de una inversión fallida en operaciones de algunos implicados en la 'trama Gürtel' tras enfadarse más y más acaloradamente que otros que las perdieron. Sería, por eso, "el Cabrón". Ya veremos qué ocurre y si alguien, lo que no ha ocurrido hasta ahora, aporta algo más. Pero lo que la montaña de papel y de declaraciones ha terminado dejando en el Supremo son, por ahora, dos ratones. Y quizá, como ya se apunta, dos ratoncitos.

