El presidente del Gobierno anuncia ahora que la RTVE, que reformó hace un par de años, tendrá que reducir "drásticamente" la captación de publicidad. Asume así la reivindicación de las televisiones privadas, que repudian la competencia desleal que supone la doble financiación de las televisiones públicas. Mucho ha tardado el Gobierno en enterarse de que el modelo mixto no conducía a nada bueno.
A quienes proponíamos años atrás que la televisión pública garantizara su futuro cumpliendo su función de servicio público, con asignación presupuestaria suficiente (incluso con canon), con calidad y sin concesiones comerciales para captar anuncios, no nos hicieron el menor caso. Ni siquiera quisieron escucharnos.
Ahora entienden que la doble financiación de las televisiones públicas forma parte esencial del problema y que en el nuevo universo digital las televisiones públicas tienen que asumir un papel en la calidad y la subsidiaridad (y con ello defenderán una buena audiencia) o todo el modelo se viene abajo.
El actual sistema español de televisión es inviable, el conjunto del sector no cubre los costes, paga carísimo el marginal de audiencia, devalúa la publicidad y perjudica al resto de los medios. Un sistema perverso que consume más de 1.500 millones de euros de los presupuestos estatal y autonómico para cubrirán coste total del sector de unos 7.000 millones.
El Gobierno reformó RTVE y la reforma ya se ha quedado vieja, ya precisa otra reforma, ya que una "drástica" reducción de los ingresos publicitarios que representan más de la mitad de los costes impone otro ajuste o más subvención presupuestaria, escenarios ambos problemáticos. Y de las costosas televisiones autonómicas... ni palabra.
A buenas horas, mangas verdes; la que pudo ser una buena oportunidad de reformar el sector desde una inteligente dimensión de RTVE se ha malogrado, se ha llevado por delante más de cuatro mil empleos con alto precio económico y humano que ha servido de muy poco.
La industria de la televisión es importante por dimensión, por potencialidad y por capacidades, pero no ha acertado a aprovechar el valor del idioma que significa un mercado potencial de 500 millones de hablantes, y ha sufrido un intervencionismo miope, agobiante, incompetente y, finalmente, ruinoso para todos.

