El repaso de seguido de las declaraciones públicas (pocas) que ha hecho el dirigente popular que preside la Comunidad Valenciana es uno de los ejercicios más sorprendentes, deprimentes y decepcionantes que podemos hacer para verificar que la política está muy mal. Desde que dijo aquello de que al caso Correa le quedaba "un ratito" para irse a nada (eso fue hace poco más de un mes) a su anuncio ayer de que el caso se lleva por delante al Gobierno Zapatero, hay un abismo. El tal Camps, el de los trajes mejor planchados del Mediterráneo, dice que no sigue el caso, que sólo algún titular, pero ha intuido (¿una revelación del cielo?) que las amistades leonesas están en el fondo del caso y acabarán con Zapatero.
Este señor Camps parece ser el de las conversaciones informales que hemos podido leer trascritas en un sumario. Aun dando el carácter más inocente y coloquial, evitando segundas y terceras lecturas y conclusiones lógicas al alcance de cualquiera, los comentarios de este hombre, todavía revestido de la púrpura de dirigir el partido y el Gobierno en Valencia, son cuando menos originales. Atrevimiento tiene.
Podríamos imaginar que el de las conversaciones no sea él, que todo sea un montaje guiñolesco, pero nadie se ha atrevido a sostener esa tesis, ni él mismo. La estrategia de fuga del caso se basó primero en negar las evidencias, en decir que no era lo que parecía. Ahora, una vez que parece lo que es y que han quemado, aparentemente, el fusible Costa, pretenden que los implicados son otros, señalan a otro lado, a sus adversarios.
Tanta maniobra burda de distracción y de exculpación sólo consigue ratificar la peor de las hipótesis: que están pillados hasta el cuello. Más aun cuando personas cercanas al caso señalan que no va a prosperar en los tribunales por errores procesales, que nunca llegará a vista pública y que antes o después caerá el maná de la prescripción o el archivo que lava las culpas.
Puede que ocurra, pero el mero enunciado de que así se pondrá fin al escándalo pone de manifiesto que la moral, la ética, no levanta ni una pulgada del suelo. Ortega escribió en Crisol, el septiembre de 1931. "Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto!" El artículo se tituló "Un aldabonazo". Alguien con autoridad debería escribir algo semejante. Entonces no sirvió de nada, quizá ahora tampoco.
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