La oposición tiene la ventaja de que no debe dar explicaciones de sus actuaciones, que sus portavoces y responsables no serán citados en el Parlamento para dar cuenta y pasar examen. Comparecerá la ministra Álvarez, que sí está obligada a explicarse, una vez más, y que va a pasar, seguramente, por otra reprobación inútil.
La prensa de Barcelona recibió con cierta complicidad la catástrofe madrileña del viernes por la inesperada nevada. Mejoró la autoestima catalana a la vista de que en Madrid también sufren catástrofes que trastornan la vida cotidiana. Tras la secuencia de apagones, incendios, socavones, sequía y derrumbamientos, que azotaron Barcelona los años pasados, el bloqueo de Madrid el viernes significó cierto empate, un alivio para la irritación catalana. Y no digamos el caos de Barajas, especialmente de la T4 e Iberia, enemigos declarados para los catalanes enfadados.
Aquí ocurre como con la rivalidad futbolística, satisface que gane el equipo propio, que las cosas vayan bien, pero cuando fracasa el adversario, también se siente alegría, aunque sea tan inútil como estúpida, porque del mal ajeno nunca hay bien propio.
Del bloqueo madrileño del viernes tendrá que responder la ministra de Fomento en el Congreso, que ya ha pedido comparecer antes de que se lo impongan los otros grupos. La ministra tiene pocas simpatías en la Cámara y no es probable que la apoye (salvo que esté muy convincente) más grupo que el socialista, así que se quedará de nuevo al pairo. Diga lo que diga, incluso aunque tuviera razón, no va a disfrutar de complicidad.
La nevada del viernes tenía que haber sido prevista por Meteorología (que no es competencia de Fomento) para que se hubieran activado las alarmas, básicamente para desanimar a los ciudadanos de utilizar el automóvil, incluso suspendiendo rutas escolares y algunos repartos. Cuatro horas de nieve convirtieron en imposible el tráfico ordinario de Madrid. Desde hace muchos años, seis según la estadística, no se producía nevada semejante, y las que se guardan en memoria los últimos treinta años se cuentan con los dedos de una mano. De manera que estamos ante algo excepcional, que puede preverse y mitigarse, pero con muchas posibilidades de colapso.
Como la alarma no se produjo, el tráfico colapsó en pocas horas (la nevada coincidió con una hora punta), y cuando se llega en esa situación no hay posibilidad de arreglo inmediato, no hay quitanieves ni socorros como para evitar ese bloqueo. Culpar a la ministra de la catástrofe o de la deficiente respuesta es como escupir al aire.
Lo que se puso de relieve en esas primeras horas de la mañana del viernes es que la coordinación no es el fuerte del modelo de gestión de las administraciones públicas. Que en esas situaciones, hasta que se establece el mando conjunto y coordinado el lío ya está montado. Así ha ocurrido con todas las catástrofes que hemos conocido con éste y con el anterior Gobierno, y también con el Gobierno alemán (cuando las riadas), y ¡qué decir! de los gobiernos de Estados Unidos (federal, estatal y local) cuando el Katrina.
La sesión del Congreso, más que para cazar a la ministra, debería centrarse en el estudio de lo ocurrido y en la propuesta de medidas y procedimientos para mejorar la capacidad de respuesta y de alerta cuando se produzca otra nevada semejante. Pero sospecho que no será eso lo que ocurra. De momento Rajoy apunta que la culpable de la nevada fue Magdalena Álvarez, sólo le ha faltado decir que es gafe, aunque su cofrade de Barcelona, Monserrat Nebreda, ha detectado que el problema es por el acento, que no se entiende a la ministra, que cecea. Incluso cuando le advirtieron sus colegas de tertulia que el argumento era tan débil como peligroso, persistió tenaz.

