El Partido Popular entró mal en el 'caso Correa' meses atrás y sigue a contrapié. Como el trampero que huye de los lobos a bordo de un trineo y va echando perros a los lobos a medida que se siente atrapado, los dirigentes populares han ido asumiendo problemas a medida que los hechos resultaban abrumadores. La estrategia del silencio no ha dado resultados, sólo incrementó la riada. La de culpar a terceros, a los fiscales, a las filtraciones, a los policías, al Gobierno... sirvió para argumentar, buscar salida, obtener titulares de los amigos, pero nada más, esfuerzo inútil.
Esperanza Aguirre abrió en Madrid otro camino más decidido con cortafuegos y fusibles intermedios que iban aislando el problema a medida que los testimonios y las pruebas se hacían más incómodos, y con esa mezcla de palo y zanahoria, de dimisiones parciales y terrenos de acogida a los afectados, logró cierta iniciativa y un razonable aislamiento respecto a la marea principal.
El pasado fin de semana, desde la dirección del partido en Madrid se exigió a los compañeros valencianos algún gesto claro que contribuyera a aislar el problema, a fijar cortafuegos de protección del partido-institución y de sus principales líderes. Fijaron la línea de defensa detrás del secretario general del partido en Valencia, de Ricardo Costa, que no ha aceptado comerse el marrón, ni asumir el papel de víctima propiciatoria y exculpatoria de los demás.
Ahora Costa da la cara con un comunicado amplio y rotundo e incluso comparece ante los periodistas con cara de víctima, de cordero degollado, leal al partido y al discurso vigente hasta el pasado fin de semana. Costa asume errores formales en sus conversaciones, errores en la relación con los proveedores que él no eligió y sobre los que nadie le advirtió, pero ninguna irregularidad en la gestión. Si las hubiera no es su responsabilidad ya que ni adjudica contratos, ni admite malas prácticas personales. Costa insiste en su lealtad al partido y a sus actuales dirigentes y lamenta que no le hayan escuchado ni atendido sus argumentos.
El Partido Popular gestiona mal el conflicto, no han sido capaces de dimensionarlo, de anticiparse, de tranquilizar a sus bases, de limpiar a fondo y de satisfacer las demandas de quienes investigan y reclaman explicaciones. Confiaron en que argucias procesales descarrilaran la investigación, pero no han tenido éxito; confiaron en que jueces amigos y amables pusieran la tapa al caso y punto final al problema, pero tampoco han acertado. La investigación sigue, y aunque faltan condenas y acusaciones terminantes, la evolución del caso es desfavorable, cada vez más incomodo para el conjunto del partido y más comprometido para la dirección.
Costa se resiste, reclama investigación interna y apela al partido a resistir. Pero sus jefes y compañeros se toman tiempo, hubieran preferido el sacrificio del alfil valenciano para ganar tiempo e intentar logar la iniciativa. No hay datos nuevos, no hay pruebas contundentes, el caso judicial no avanza, pero los mismos datos ordenados de una y otra manera siguen castigando el hígado de los populares y tiñendo de corrupción y suciedad el debate político.

