La precaución aconseja no lanzar campanas al vuelo, pero comienzan a verse indicios de que sindicatos y empresarios podrían empezar a trabajar de verdad juntos para hacer frente a la complicada situación. De ser cierto, estarían camino de responder a una demanda que está creciendo con fuerza en el ánimo social: menos peleas inútiles y más esfuerzos para resolver problemas importantes de verdad.
La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) no ha podido ser más clara, pero no parece que esté siendo determinante para influir ni variar las actitudes y estrategias de los distintos partidos: sus dirigentes no están -de momento- por la labor. Reza el dicho que dos no se pelean si uno no quiere, pero en lo que a ellos respecta, no hay día que no dejen claro que quieren todos, a cuál con intensidad mayor.
No menos diáfana es la evidencia de que diseñan sus tácticas o estrategias -si es que las tienen-, no sólo al margen de las preocupaciones más extendidas entre los ciudadanos que están constatando los sondeos demoscópicos, sino también abstraídos de un mínimo sentido práctico. Sorprende ver que no alteran su orientación prioritaria a procurar el desgaste del adversario, pese a la evolución de las inclinaciones de voto, la credibilidad de los líderes o la cada vez más inquietante propensión al experimento o la inhibición.
Llenarse la boca de proclamaciones de voluntad de servicio tiene escasa o nula correspondencia con lo que, a la hora de los hechos, compone su agenda, sea material o simplemente verbal. Cuesta entender que no asuman algo tan incuestionable como que existe una larga lista de asuntos cuya falta de solución afecta a todos, empezando por ellos mismos: los partidos y quienes se dedican a la actividad política, tano si ejercen funciones de gobierno como si aspiran a ostentarlas alguna vez. Más allá de las palabras grandilocuentes e incluso algún acto de contrición proferidos estos días, está la realidad de no haber dado un solo paso en común para acabar con lacras tan perceptibles como la hipócrita financiación de los partidos, el transfuguismo o el uso y abuso de los presupuestos públicos para favorecer correligionarios y palmeros bajo un paraguas que subordina ética a legalidad.
Pese a la práctica exigencia colectiva de procurar acuerdos, da la sensación de imperar el empecinamiento de no dar un paso atrás en las posiciones propias... ni para tomar impulso, anteponiendo los bien o mal entendidos intereses particulares a los que deberían compartir. En definitiva, sigue imperando el principio de conmigo... o contra mí. No es nada estimulante, pero es lo que hay.

