Aunque se puede pensar que va en el cargo, hay que reconocer que el gobernador del Banco de España no suele dejar indiferente a nadie cada vez que se pronuncia públicamente. Desde luego, no al Gobierno ni a su presidente, que no se esfuerzan en disimular cuánto les contrarían las opiniones que no coinciden con las suyas; las de Fernández Ordóñez, de forma especial.
Ayer, en el Congreso, el gobernador emitió un juicio más bien tibio sobre los Presupuestos planteados por el Ejecutivo para el 2010, aunque tampoco dejó pasar la oportunidad para reiterar su ya conocida convicción de que sin reformas de calado la economía española difícilmente se va a recuperar. Dicho en palabras más expresivas, nos esperan años de pasarlo mal. Su argumentación coincide con la de muchos expertos, nacionales y foráneos, incluido algún responsable autonómico de Economía: salvo que se introduzcan cambios sustanciales en el ordenamiento laboral, no se creará empleo y, por tanto, el deterioro de las finanzas públicas continuará acentuándose, comprometiendo cada vez más el porvenir.
Está constatado que la tesis no gusta a los dirigentes socialistas, aunque no acaba de estar claro por qué. Defensores como son a ultranza de mantener o si es preciso ampliar los subsidios a los parados, deberían ver en el gobernador un aliado, puesto que no plantea reducirlos, sino crear empleo para rebajar el nivel actual de gasto, tan desbordado como insostenible.
La verdad es que empieza a resultar inquietante la actitud gubernamental: con la que está cayendo, sigue negándose a considerar una sola recomendación que se aleje o difiera mínimamente de sus tesis. Siendo muy generosos, hasta se podría entender que desconfíen de las externas, pero que no valoren las de quien hace menos de dos años designaron para dirigir el Banco de España suena indicativo de algo más. Eso, por no mencionar que se trata de uno de los pocos socialistas que puede exhibir en su currículum haber gestado un paquete de medidas para relanzar la economía, que funcionó. Fue mediada la década de los ochenta, en lo que finalmente se bautizó como decreto Boyer.
Suene mejor o peor, dan la sensación de estar poseídos por la verdad absoluta y más que sobrados para sacar a la economía de su actual periodo depresivo. Pero, por lo actuado hasta ahora y los frutos que ha rendido, no da para presumir de mucho, sino para asumir buenas dosis de contrición.

