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Enrique Badía

Enrique Badía

La confianza sigue ausente

19/03/2009 | 14:47 h.

Las evidencias no siempre se explican. Mucho menos cuando no paran de ir hacia peor. La crisis que está tocando vivir tiene algunos perfiles claros: la mayoría ha dejado de comprar y, por lo tanto, las empresas han dejado de vender. Sólo se compra y vende lo imprescindible, tras años de adquirir -unos- y colocar -los otros- de todo y casi todo sin demasiada dificultad. El valor más escaso, sin embargo, no es material, sino psicológico: la confianza ha desaparecido en todas partes y nadie atisba cómo hacerla regresar.

La situación tiene también algo atribuible a la dinámica del ciclo económico que más de uno había pretendido lanzar a la tumba de los olvidos, dando por superada la característica sustancial del comportamiento desde que el mundo es mundo: ya la Biblia se encargaba de relatar la sucesión de años de prosperidad y escasez. Ahora mismo, es evidente que, tras una larga década de consumismo alegre, cualquiera se puede permitir unos meses -¿años?- de consumir menos sin por ello ver reducidos de forma apreciable sus estándares de confort.

La evaporación súbita y generalizada de confianza es sin duda lo sustancial. Afecta a los consumidores, que se resisten a gastar más de lo ineludible bajo el temor -fundado- de que su puesto de trabajo esté amenazado a corto o medio plazo, o cuando menos que sus expectativas de ingresos se vean reducidas en los próximos meses. También a las empresas, muchas de las cuales tienen o deberían tener fondo de resistencia a unos meses de caída del negocio, dado que acaban de atravesar un período de sustanciosas ganancias. Lo malo es que carecen de mínima convicción sobre que el actual declive vaya a remontar en el horizonte que son capaces de contemplar.

Y no hace falta mencionar que, al fondo, como causa y a la vez efecto de todo eso, el sistema financiero persiste caracterizado por una aguda desconfianza. Las entidades no se fían unas de otras, tampoco de sí mismas, mucho menos de sus clientes, a los que no financian porque temen que no tengan capacidad de devolver los préstamos... aunque tampoco esos clientes solicitan créditos porque no tienen fe en que vayan a ser capaces de responder a las obligaciones contraídas con el banco o la caja de ahorros.

El papel de los gobiernos no es mejor. De entrada, muestran escasa confianza en sus propias medidas y, en consecuencia, nadie cree demasiado en su capacidad para encarar la situación. En parte, con plena razón. La receta generalizada ha consistido en desempolvar los manuales keynesianos, vertiendo ingentes cantidades de dinero presupuestario sobre la economía para propiciar su recuperación. Sólo que, a diferencia de los tiempos en que el brillante economista británico elaboró su diagnóstico sobre la crisis de 1929, ahora las cosas discurren y a mayor velocidad; sea para bien o para mal.

Pocos permanecen vivos para rescatar de su memoria los plazos transcurridos desde que el presidente Roosvelt puso en marcha sus recetas de New Deal hasta que surtieron efectos tangibles en la economía y la sociedad. Ahora, en cambio, cada quien se levanta cada mañana esperando que el paquete de ayuda estatal puesto en marcha un día haya desembocado en recuperación perceptible el día después. Lógicamente no ocurre, dando paso a una decepción añadida que mina todavía más la falta de confianza en que todo se viene desenvolviendo desde el pasado otoño del 2008.

Es de lo más evidente que no basta con multiplicar seguridades y ¿garantías? de que todo se acabará arreglando, pero lo cierto es que nadie ha dado hasta ahora con la fórmula para invertir la tendencia y frenar la sangría que se está instalando por doquier. Las autoridades tiran de la caja pública, pero no tienen en su arsenal lo que más necesitan: confianza que insuflar para que todo vuelva a arrancar.

19/03/2009 | 14:47 h.

Enrique Badía

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