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Enrique Badía

Enrique Badía

Un año de poco fiar

04/01/2009 | 15:03 h.

Más de uno ha tenido estos días la humorada -humor más bien negro- de felicitar el año... 2010, dando por supuesto que el inmediato difícilmente será feliz. Abundan también los vaticinios sobre qué van a deparar los próximos doce meses, con distintos grados de fatalismo y apenas concesión a la posibilidad de que las cosas vayan hacia mejor.

La verdad es que releer lo que se escribía hace un año respecto a lo que iba a ser el 2008 es suficiente para desanimar a cualquier pronosticador. Los pocos que mostraban inquietud y recelo por la dilatada fase expansiva y temían la llegada de malas noticias estuvieron lejos de acertar el origen, la profundidad y las consecuencias de lo que ha acabado por ocurrir. Más fácil es recapitular lo que ha traído el ejercicio que está a punto de concluir.

Huelga decir que la crisis lo ha marcado todo. Desde poco antes del pasado verano domina los espacios informativos, la inquietud social e incluso el mensaje político, aunque en el caso concreto de España haya costado más llegar a admitirlo, sobre todo de parte gubernamental.

Mal que bien, se sabe lo que está pasando, pero sigue sin estar del todo claro por qué. Todavía menos existe idea cierta -creíble- de cuánto va a durar, cuáles van a ser los efectos tangibles y qué podría contribuir a evitar que siga yendo hacia peor.

La hiperactividad mostrada por los gobernantes en los meses otoñales transmite más impresión de desconcierto, de no saber exactamente cómo afrontar los problemas, que certeza de que actúan aplicando la terapia que corresponde a la enfermedad declarada por doquier.

Quizás no se trata de una enfermedad, sino de varias, coincidentes en el tiempo, que interactúan unas sobre otras hasta configurar un cuadro desconocido en los anales de la medicina económica tradicional. Al punto de haber generado un cuadro clínico para el que no existe tratamiento, como ocurre con males para los que la ciencia todavía no ha sido capaz de encontrar curación.

Los síntomas son conocidos... o lo parece. Pero no es menos cierto que hasta ahora nunca se habían dado juntos ni con semejante intensidad. El gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordoñez -¿voluntario para sustituir a Pedro Solbes en la vicepresidencia económica si fuera necesario?-, lo expresaba gráficamente hace pocas fechas: "Los consumidores no consumen, los empresarios no contratan, los inversores no invierten y los bancos no prestan... no se fían unos de otros, pero tampoco de sí mismos" (El País, 21.12.2008) Un círculo maldito que nadie señala cómo romper.

La crisis no son sólo cifras, aunque también. Detrás de ella existen realidades personales, familiares, empresariales... unas atendidas por el paraguas de la protección del Estado; otras, en cambio, sujetas a la intemperie, y la duda de cómo lograr salir adelante y superar la situación.

Hasta ahora, la actuación de los poderes públicos ha sido eminentemente paliativa: esto es, dedicada a atenuar los efectos -daños- causados por la situación. Los partidarios de recuperar el peso estatal en la vida económica la aplauden con el sueño añadido de restablecer cuotas de estatismo en el modelo. Los menos, sostienen que la intervención pública viene obligada como consecuencia del fracaso cosechado en funciones de supervisión y control que los propios estados se han esforzado en mantener.

Surge en cierta medida la paradoja de reclamar mayor intervención y presencia en la vida económica de los mismos que han fallado en sus autoatribuidas responsabilidades de tutela; por no mencionar la generalizada incapacidad de prever o anticipar la que se venía encima o, en algunos casos bien cercanos, seguir negando hasta el límite la obviedad.

Cuestionar el capitalismo o al menos promover su refundación ha sido otra de las tendencias. Incluso se ha señalado la pasada reunión del G-20 (+5) en Washington como punto de partida asimilable a la Conferencia de Bretton Woods que en 1994 sentó las bases del ordenamiento de posguerra. Más de un titular expresivo ha planteado "¿Sobrevivirá el capitalismo?", sólo que éste, portada de la revista Time, apareció en la edición del 14 de julio de 1975. Y ahora, como entonces, es probable que entonar réquiem por el sistema incurra en arriesgada exageración.

Las últimas semanas del 2008 están discurriendo entre el temor y la amenaza del temible efecto estanflación. Tanto o más que, al filo del pasado verano, el alza sostenido de los precios de las materias primas sugería una emulación de la década de los años 70 del pasado siglo. Significa, pues, que el diagnóstico es cambiante y contribuye a que nadie se fíe de nada -¿tampoco de nadie?- y acabe tomando las tradicionales doce uvas sin estar seguro de gritar ¡feliz año nuevo...! o murmurar ¡feliz año... peor!.

04/01/2009 | 15:03 h.

Enrique Badía

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