No por esperado deja de ser menos ilustrativo que Abu Dabi haya decidido acudir en apoyo de la deteriorada posición de su vecino Dubái en los mercados financieros. El pequeño país del Golfo Pérsico, con aspiraciones de haberse convertido en centro financiero global y destino turístico de ultralujo, tuvo que anunciar hace un par de semanas el impago de una parte de sus deudas y la apertura de negociaciones con los acreedores, ahogado por el lastre de una expansión un tanto faraónica que, a diferencia del resto de países del área, no dispone del soporte petrolífero y tiene su economía tan expuesta como cualquiera a las derivaciones de la crisis total.
El soporte prestado por el Estado petrolero ha calmado unos mercados que llevan tiempo inmersos en una crisis de desconfianza muy aguda, que induce la reaparición del miedo ante cualquier alteración. El socorro que ha requerido Dubái no es demasiado abultado, del orden de 10.000 millones de dólares, pero la coyuntura discurre propensa al nerviosismo, bajo el temor de que cualquier ejemplo de mora pueda ser seguido por varios más. Por eso, cuesta entender la displicencia con que algunos asumen la pérdida de calificación de los instrumentos de deuda estatal.
Es verdad que el caso del pequeño Estado del Golfo -también el de Grecia- tiene ciertas particularidades no extrapolables, pero una cosa son los paralelismos, o si se quiere las similitudes, y otra bien distinta que el mensaje de fondo no deba ser tomado en consideración.
La pérdida de solvencia del emirato, uno de los siete agrupados en torno al Golfo Pérsico, es una muestra más de que en el momento presente no hay nadie a salvo; tanto menos, cuanto más claros se perciban los desajustes o desequilibrios entre capacidad de generar riqueza y la carga financiera -deuda- que corresponde afrontar.
Tampoco sirve de mucho adherirse al juicio descalificatorio de las agencias de rating. Importa poco que lo merezcan o que su responsabilidad en la crisis esté entre las principales. Ni siquiera cuenta que hayan pasado de calificar con la máxima nota (AAA) cualquier cosa que se sometiera a su veredicto, a poco menos que aplicar rebaja a cuanto se emite en los mercados, en un descarado ejercicio de curarse en salud. Lo que sigue siendo relevante es que los inversores no disponen de elementos alternativos de juicio para discriminar dónde depositar sus fondos, en un escenario muy castigado, con una creciente presión de los Estados en busca de fondos con que financiar los déficits incurridos desde que el ciclo quebró.
No hay mucho más como referencia, en parte porque las pomposas proclamaciones de los sucesivos G-20 no han devenido en ninguna suerte de modificación, mucho menos sustitución, del papel desempeñado por esas agencias de calificación. Pero hace tiempo que cualquiera debería tener claro que las cosas... son como son.

