El cotidiano goteo de datos y síntomas sobre la profundidad de la crisis eclipsa cualquier intento o propósito de imaginar la recuperación. En buena medida es comprensible, puesto que no se atisba ni adivina cómo y cuándo las cosas van a dejar de empeorar. Pero tan inevitable como afrontar las actuales dificultades es pensar en ese día después.
En realidad, se suelen contraponer dos actitudes bastante clásicas. De una parte, los hay que consideran que los problemas deben afrontarse conforme se van presentando. De otra, están quienes creen mejor anticiparse, tomando las decisiones antes de que las dificultades se empiecen a materializar. Pero nada obliga a considerar incompatibles ambas posturas: antes al contrario, se pueden y probablemente deben simultanear.
Yendo a lo concreto, está bastante admitido que el hundimiento poco menos que generalizado de la demanda es el problema más acuciante ahora mismo planteado en la economía mundial. Entre otras razones por quiebra absoluta de confianza, el consumo se está restringiendo a lo más imprescindible, generando una dinámica que se retroalimenta: la caída de ventas fuerza una reducción de la producción que, a su vez, provoca pérdida de empleo y, en último término, reduce las capacidades adquisitivas del conjunto de la sociedad... y así sucesivamente, con un componente psicológico añadido que no cabe ignorar.
Algunos pueden pensar que un escenario de ese tipo no es el mejor para pensar en grados de competitividad, pero probablemente sea un error.
Aunque rodeada de toda suerte de incógnitas e incertidumbres, sigue siendo válida la convicción de que la recuperación acabará llegando, antes o después. Y es de sentido común pensar que, a menos que se actúe de forma decidida para solventarlos, todos los problemas previos seguirán vigentes cuando las principales economías empiecen a mostrar síntomas de reactivación.
Las cifras récord de déficit exterior, superadas año tras año durante la última década, son el mejor indicativo de que la economía española padece un serio problema de concurrencia en los mercados. No sólo en los exteriores, es decir, en el capítulo de exportaciones, sino también en el mercado interno, donde las preferencias de consumo tampoco están del todo dirigidas a la producción nacional.
Roza lo ocioso decir que proclamas apelando al consumo preferente de productos propios, al estilo del insólito llamamiento formulado hace pocos días por el ministro de Industria, lindan lo estéril e inducen riesgos de distraer la cuestión. Lo que de verdad hace falta es ir al fondo de las causas por las que la producción española no es preferida por los consumidores, en su sentido más amplio, ni siquiera dentro del mercado español.
Al contrario de lo que algunos sostienen, las etapas críticas suelen ser bastante más propicias para los cambios y las reformas que los periodos de prosperidad. Aunque, consideraciones teóricas al margen, lo que sí está claro es que una recuperación mundial no garantiza la de ninguna economía en concreto: dependerá de cómo acierte o equivoque su posición relativa en el mercado global. Es decir, en qué medida sea capaz de afrontar la salida de todo lo que está pasando en mejores condiciones que los demás. ¿No sería oportuno empezar a trabajar para lograrlo, desde ya?

