La discreta nevada del pasado viernes puso de manifiesto la incapacidad de las administraciones para hacer frente a la situación. Fallaron todas, cada una en sus respectivas competencias, y volvió a ponerse de manifiesto su preocupante incapacidad para actuar con una mínima coordinación. No es la primera vez, pero resultó más evidente, entre otras cosas porque el caos se instaló en Madrid. ¿Fue para tanto? Es la pregunta más repetida, con una respuesta predominante a favor del no.
Todo partió del pronóstico emitido por la Agencia Estatal de Meteorología (AEM), del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino. Su web oficial anticipaba el día anterior –jueves- nubes y claros para el área de Madrid. Incluso en la mañana del viernes, mientras la capital se sumía en el caos, cifraba en el 60-70 por ciento la probabilidad de precipitación. El organismo cuenta con una plantilla de 1.400 personas y un presupuesto anual de 100 millones de euros.
Los distintos organismos responsables de la circulación viaria, cada uno por su lado, reaccionaron a cual peor. Desde las direcciones generales de Carreteras (Fomento) y Tráfico (Interior), a la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de la capital, se hizo poco, más bien nada, para evitar el colapso. A modo de ejemplo pintoresco, el Área de Medio Ambiente del Municipio difundió a media mañana una dirección a la que los ciudadanos podían acudir para retirar un cupo de varios kilos de sal.
El caso del aeropuerto de Barajas merece, sin duda, mención especial. No sólo permaneció cerrado el viernes durante alrededor de cinco horas, sino que hasta la medianoche del sábado al domingo no fue capaz de volver a operar con las cuatro pistas de que dispone desde su multimillonaria ampliación. No fue, como resulta obvio, un problema de infraestructura, sino de gestión. La imagen de la unidad militar de emergencias, limpiando pistas y plataformas cuando anochecía el viernes, da idea de cómo funciona el ente del Ministerio de Fomento que se ocupa del tráfico aéreo y los aeropuertos públicos del país. A lo que cabría agregar que, mientras Barajas permanecía cerrado, su web oficial (www.aena.es) lucía inactiva debido a labores de mantenimiento. ¿Se colarían copos de nieve en el servidor?
Cualquiera que haya viajado a otros aeropuertos centroeuropeos o de Estados Unidos en periodo invernal sabe que una nevada de apenas medio palmo no paraliza las operaciones. De otro modo, muchas capitales quedarían del todo incomunicadas por vía aérea varios meses al año. La realidad es que funcionan con práctica normalidad en condiciones mucho peores que las registradas la pasada semana en Madrid.
Como tantas otras veces, la pifia añadida ha sido la política de información. En línea coherente, diversas comparecencias de responsables públicos -todas tardías- han lindado el patetismo de cruzar inculpaciones y exculpaciones, en la línea habitual. De ellas es casi inevitable destacar la de la ministra de Fomento, a últimas horas del propio viernes.
A lo largo de su dilatada trayectoria política, Magdalena Álvarez parece haber hecho suyo el principio de que no hay mejor defensa que un buen ataque. Así, tras una reflexión inicial admitiendo haber fallado todos, pasó a centrarse en los yerros y las insuficiencias ajenos, con la consabida dedicación preferente a la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid regentados por el Partido Popular, pero citando también los servicios de predicción (AEM), no adscritos a su departamento. Lo suyo, incluido Barajas, debió parecerle normal.
Tenga o no que ver con lo sucedido el viernes, hace tiempo que el modelo AENA, con una plantilla de más de 10.000 empleados y un presupuesto de 3.300 millones de euros, pervive como una reliquia insólita en el sector a escala mundial. La mayor parte de los aeropuertos se gestiona de forma total o sustancialmente individualizada, además de separados de los sistemas de control de tráfico y navegación.
Bajo presión de los desarrollos estatutarios más recientes, la ministra se vio finalmente obligada a anunciar una reestructuración del ente, con vagas insinuaciones de descentralización. Según su propio compromiso, el proyecto debía haber sido presentado el pasado otoño, pero nada se sabe de él. ¿Resistencias corporativas? ¿Falta de voluntad política? Puede que haya una mezcla de ambas cosas para que AENA persista como el único modelo de su especie que persiste en la Unión Europea (UE) a fecha de hoy.
En definitiva, se ha vuelto a repetir el espectáculo de unas administraciones incapaces de actuar, con el deprimente añadido de echarse las culpas unas a otras, contribuyendo entre todas a multiplicar los perjuicios padecidos por buena parte de la población.
Más de uno habrá recordado el lema con que Felipe González arrasó en las elecciones generales de 1982: que España funcione. Y es que 27 años después, el país probablemente funciona, pero las administraciones no.

