Las imágenes que ponen punto y final a la guerra de América en Irak fueron indicadamente de incertidumbre en lugar de triunfo: el presidente habló solemnemente en Washington de pasar página; el vicepresidente habló aquí de manera más informal de iniciar un nuevo capítulo; el secretario de defensa dijo que era demasiado pronto hasta para juzgar si la guerra sirvió o no para algo.
Pero los políticos y los Generales congregados aquí el miércoles con motivo de la ceremonia de cesión convenían en el hecho que más importa a los pueblos iraquí y estadounidense, que es que la fase estadounidense regular de la guerra ha terminado definitivamente -- tras más de siete años de lucha, un billón de dólares y más de 4.000 bajas estadounidenses en combate. Una invasión que comenzó en el año 2003 con una excusa falsa acaba con la resignación a la incertidumbre.
El cuidado lenguaje utilizado para destacar el fin del combate fue apropiado, dado que Irak es en muchos sentidos un conflicto inacabado. Su éxito o fracaso definitivo no estará claro hasta dentro de algunos años, cuando podamos ver de primera mano si Irak ha mantenido su nueva democracia o si se ha precipitado de vuelta a la lucha sectaria y el caos político.
El Secretario de Defensa Bob Gates ofrecía una respuesta de condicionamiento cuando era preguntado si el conflicto justifica o no su coste: "Yo creo que es realmente imprescindible la perspectiva del historiador en términos de lo que suceda aquí a largo plazo".
También el Vicepresidente Joe Biden mascullaba retórica política optimista al decir durante la ceremonia celebrada en uno de los marmóreos palacios de Saddam Hussein que la Guerra de Irak había sido "igual de complicada que cualquier otra de nuestra historia". Él citó al estratega militar Kart von Clausewitz al decir que "la guerra es el terreno de la incertidumbre", insinuando que este precepto es válido, a veces, hasta para los resultados.
Los iraquíes que temen (o en algunos casos, esperan) que los estadounidenses sigan en combate en secreto, más allá del limitado papel del "orientar y asistir", han recibido el mensaje. Un General estadounidense lo resumía de esta forma: "Si estás destacado aquí por tercera vez y tienes que sacar al malo de su escondrijo, dices a tu homólogo iraquí, 'Métete en ese agujero, tú primero'".
Gates, preguntado por lo que diría a un iraquí que se quejara de que América había tumbado el viejo orden y se marchaba ahora sin crear un orden estable nuevo, respondía: "Yo creo que en este punto es responsabilidad de los iraquíes".
Hablando con iraquíes en los últimos días, he escuchado presagios de lo que se avecina a medida que la presencia militar estadounidense descienda.
"Hablando con franqueza, no vamos a salir adelante", decía el ex Primer Ministro Ayad Alawi, cuya formación logró el mayor número de escaños en las elecciones parlamentarias del pasado marzo pero hasta el momento ha sido incapaz de formar gobierno.
"Va a abrirse un vacío en el país", decía Alawi en el curso de una entrevista telefónica. "No creo que Estados Unidos deba dictar las cosas, pero deberían seguir involucrados". Los funcionarios estadounidenses siguen insistiendo en que "implicación" es en la práctica la nueva consigna, pero su implicación en los últimos meses, encabezada por Biden, ha sido puntual y sobre todo infructuosa.
Uno de los misterios de la política estadounidense es el motivo de que Washington siga imponiendo una fórmula que va a permitir al Primer Ministro Nouri al-Maliki conservar su puesto (u ocupar otro alto cargo) en un momento en que es rechazado por casi todas las formaciones políticas iraquíes. El aliado de América en la sombra dentro de esta particular jugada es Irán. Después de tanto dolor, Irak merece otra cosa.
América ha dedicado tal cantidad de vidas y recursos a Irak que sería erróneo marcharse por completo, al margen de lo atractivo que pueda parecer políticamente. Kassem Daoud, un respetado político chií original de Nasiriya que ocupó el puesto de ministro de seguridad nacional en la administración y mantiene relaciones estrechas con el Gran Ayatolá Ali Sistani, me recordaba enérgicamente las razones para seguir involucrados.
Recordaba esta semana que el pueblo iraquí ha pagado un elevado precio por la democracia -- en la carnicería que acompañó a la caída de Sadam, y en la valiente participación en las primeras elecciones de Irak en el año 2005 y los comicios posteriores.
"El pueblo iraquí lo dio todo por el sistema democrático, pero hasta el momento no ha paladeado los frutos", se lamentaba Daoud.
Un iraquí me daba un motivo de reflexión por si duda de que hayamos logrado algo en esta cruel guerra. El líder de un gran partido chiíta iraquí fue llamado a cuentas el mes pasado a Teherán y recibió órdenes de apoyar incondicionalmente a Maliki. El iraquí se negó, a causa del considerable riesgo para su partido y para sí mismo. El motivo, decía mi confidente, era que este líder chiíta quería un gobierno iraquí fuerte y un líder competente -- sin recibir dictados de América, Irán ni nadie más.
Ése es un Irak digno de atenciones.

