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David Ignatius

David Ignatius

Bob Gates: Orgullo militar

09/09/2010 | 08:31 h.

El Secretario de Defensa Bob Gates repitió la misma fórmula cada vez que hacía escala la semana pasada para encontrarse con los efectivos regulares destacados en Irak y Afganistán: Quiero daros lo que necesitéis para salir victoriosos, al margen de trabas burocráticas, y volver a casa sanos y salvos. Cuando lo decía, con frecuencia parecía embargado por la emoción.

Así es el esencial Gates: independiente, terco, sentimental. Caballero menudo y aseado, gorra de béisbol sobre pelo cano, el veterano de 66 años parecía cansado por momentos mientras estrechaba la mano a cientos de soldados bajo un calor de justicia. Una de sus expresiones enseña, dicen sus ayudantes, es: "Soy demasiado viejo para esta mierda". Pero él insiste en las visitas a las tropas, diciendo que le vigorizan de cara a las batallas presupuestarias y políticas del Pentágono.

Cuando pregunté a Gates en el curso de una entrevista durante el trayecto de vuelta la clase de secretario de defensa como la que querría ser recordado, respondió: "Me gustaría que los efectivos me recordaran como alguien que se desvivió por ellos".

Hay funcionarios del gabinete que evitan empezar peleas a propósito, pero a Gates parece gustarle leer la cartilla a los que se interponen en su misión básica. Esto incluye desafiar a los Generales y los Almirantes deseosos de proteger sus dietas, enfrentarse a los congresistas que quieren más gasto militar de interés político, e insistir en el traslado más rápido de los blindados, los aparatos de espionaje teledirigidos y los helicópteros de evacuación de heridos.  

La era Gates en el Pentágono, que se ha prolongado durante cuatro años y abarca dos presidentes, terminará probablemente el año que viene. Ha dicho que tiene planes de jubilarse en 2011, y sus ayudantes dicen que esta vez tiene intención de cumplirlo. Aunque fue inicialmente un nombramiento Republicano, probablemente es el miembro del gabinete con más influencia sobre Obama, que comparte el estilo analítico y discreto de Gates.

"Uno de los beneficios de ser secretario de defensa es que nunca tienes que abrirte camino hasta la mesa", decía Gates durante la entrevista. En lugar de batallar con la secretario de estado, el consejero de seguridad nacional o el director de la CIA, como hicieron tantos de sus predecesores, Gates ha ayudado a consolidar al equipo de seguridad nacional. Esto ha brindado unidad, pero los izquierdistas pueden argumentar que tener a una reliquia de Bush en un cargo tan destacado ha debilitado la capacidad de Obama de romper con las políticas anteriores.

La marcha de Gates es sólo uno de la serie de cambios probables en el equipo Obama el próximo año: El General Jim Jones abandonará probablemente su cargo de consejero de seguridad nacional. El Almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor, finaliza su período en activo en octubre de 2011, y varios jefes de los cuerpos de la defensa también tienen programado jubilarse.

El secretario de defensa decía que espera mantener "un diálogo" con Obama sobre ocupar "importantes puestos militares donde habrá que ir eligiendo candidatos a sucesor". También planea presionar al Congreso y la cúpula del Pentágono para acometer más recortes en los programas de armamento innecesarios o por encima de las posibilidades -y suena casi ansioso por "soportar duras críticas" por cuestionar el estatus quo del conglomerado ejército-sector privado-.

Gates lleva más de 30 años dando vueltas de una forma u otra por el Consejo de Seguridad Nacional. Decía que su referente como asesor de seguridad nacional fue el General Brent Scowcroft, del que fue representante en funciones durante la administración de Bush padre. Un asesor logrado "no toca los instrumentos, sino que dirige la orquesta", decía Gates. Ha salido públicamente en defensa de Jones, que intentó jugar el papel de "árbitro honesto" de Scowcroft a pesar de ciertos baches evidentes en el camino.

Gates se dejó la piel como analista de la CIA y más tarde formó parte de la agencia como director, y le pregunté cómo va su antiguo oficio. Él dio una respuesta contundente: La agencia siempre sería "una aberración" como organización secreta en una administración democrática. "La verdad es que, a lo largo del espectro político, tiene relativamente escasos defensores", aparte de los presidentes que descubren que les gustan sus clandestinas competencias. "Es solamente una irritación en nuestro sistema y es difícil de curar", decía.

Al desplazarse a las zonas de guerra la pasada semana, Gates pronunció un discurso ante la delegación de la Legión Americana en Milwaukee. Cuando leyó un párrafo que citaba la cifra de estadounidenses caídos y heridos de gravedad en Irak, parecía al borde de las lágrimas. Muchas figuras políticas estadounidenses se ponen emotivas con la guerra pero pocas parecen lamentarlo de forma tan íntima como Gates. Se enfurece -de una forma que nunca está de más en Washington-, siempre que se topa con la resistencia política o burocrática que pone a estos soldados en un peligro mayor.

Si la gente en el Pentágono de Gates no cumple su deber, los despide. Ese aire de responsabilidad podría ser su mayor logro.

09/09/2010 | 08:31 h.

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