En El triunfo de la voluntad Leni Riefenstahl reflejó en imágenes la Convención del Partido Nacional-Socialista en Nuremberg. Gracias a la colaboración de 120 personas y el uso, por primera vez en la Historia, de 30 cámaras de cine, la directora alemana legó a la posteridad, aparte del primer documental moderno, la solemnidad con que el fascismo se reunía en comandita para proclamar a los cuatro vientos lo guapos y buenos que eran.
El pasado domingo, en Madrid, como si no hubiera más refinados lugares y auditorios más legitimados, el Partido Socialista Obrero Español se reunió en Madrid para, aparte de insultar al partido opositor, proclamar a los cuatro vientos lo guapos y buenos que son. José Luis Rodríguez Zapatero no fue mucho más concreto cuando presentó su Ley de Energía Sostenible que, según él, va a cambiar el modelo productivo español. No faltó nadie a la cita y, como hace 75 años los nazis en Nuremberg, el socialismo español dio imagen de fortaleza, cohesión y unidad.
A mi entender, resulta escandaloso que la presentación de una ley que se supone tan decisiva se haga en tales circunstancias, lejos del Parlamento y antes de su discusión en Consejo de Ministros. Pero es lo que hay. En este país, la partitocracia ya se acepta como algo necesario e inevitable y tenemos que asistir, cada fin de semana, a las grandes demostraciones de voluntad de poder de cualquiera de los partidos con representación -ergo, con financiación pública-, en especial de los dos que se reparten a trocitos a la pobre España, la de los tristes destinos.
El mismo domingo, Leire Pajín, en entrevista a ese periódico que dice lo que va a decidir el Consejo de Ministros antes de que éste se reúna, afirmó, sin pudor, como si fuera lo normal, que "la decisión sobre quién va a ser candidato reside únicamente en Zapatero". A los grandes actos de partido se une así la figura de un líder, de un director, de un guía, en definitiva de un "Führer". Las cosas no son diferentes en los demás partidos, a no ser esa UpyD que, el sábado, eligió democráticamente a Rosa Díez como cabeza de lista.
Cierto es que una democracia no es un régimen perfecto. En sí no es nada si no va acompañada de un respeto riguroso a los derechos humanos y de un Estado de Derecho, a saber, del imperio de la ley como manifestación de la voluntad general expresada mediante los representantes elegidos por sufragio universal. En España, estos dos elementos están en duda en cuanto los tres poderes están sometidos a la voluntad partidista y los ciudadanos a menudo estamos indefensos ante el abuso de lo público, aquí elefantiásico.
Por eso, en España más que en ningún sitio, se agradecería alguna mejora en las formas. Porque, insisto en que sin ningún recato, aquí se da más importancia a las reuniones dominicales que a los debates en los parlamentos nacional y autonómicos. Imperan la propaganda y el insulto al contrario sobre el interés general. Como lo hacen tan mal, nuestros políticos a menudo parecen malas parodias de aquellos tiempos en que se hacían las cosas sin democracia ni respeto a las personas. Uno se pregunta de dónde sacan las ideas nuestros gobernantes para presentar las leyes, con aparato multimedia y frente a los miembros más notables del PSOE, en actos partidistas antes que en las instituciones constitucionales. Si por lo menos tuviesen democracia interna...
Por no tener, en España carecemos hasta de personajes del talento de Riefenstahl o Sergei Eisenstein para dejar constancia de los actos del partido, de las gestas de sus líderes. Incluso en la imagocracia que subyace bajo nuestro sistema, la presentación es mediocre, ramplona. Por no haber, no hay ni talento para el engaño. Aunque, con declaraciones como las de Pajín, se ve que no intentan engañarnos. El pueblo admite la mentira. La cuestión es que a nuestra ruina democrática, antañona, se une ahora una económica, muy seria. ¿Reaccionará algún día la Sociedad ante los desmanes de los "partidos"? Porque aquí no cambiarán las cosas hasta que este amago de políticos, enemigos de la libertad y la democracia, no vea peligrar la satisfacción de su voluntad de poder.

