En Camino de perfección Pío Baroja afirma que "indudablemente España es el país más imbécil del orbe". Por supuesto, en nuestro actual sistema educativo los autores de la nunca existente generación del 98 se ven -sin leerse- de pasada, como si no hubiesen supuesto una cima literario-filosófica del siglo XX. Aparte de que saber no está muy bien visto, el espíritu que respiran los respectivos pesimismos de Ganivet, Unamuno, Azorín o Baroja, entre otros, respecto a la naturaleza y devenir españoles casan demasiado bien con la actual situación de nuestro país. Tan solo hemos mejorado en lo material. En lo demás cada vez encuentro más semejanzas con lo que aquellos grandes autores denunciaban en sus obras.
Por ejemplo, es innegable que España, sin llegar nunca a ser cristiana -como sugería Unamuno-, sigue respirando catolicismo por sus cuatro costados, de ahí que los grandes fastos nacionales y sociales se reserven para los fines de semana, perpetuando así el gusto por la santificación de las fiestas.
El sábado los sindicatos salieron a la calle. Lógico en tiempos de crisis, aunque no tan lógico el hecho de que no se sepa muy bien qué reivindicaban. Sin representar siquiera al 9% de los trabajadores españoles y con más de cien mil liberados, CCOO y UGT saben muy bien de dónde les viene el dinero que les da de comer y qué mano no deben morder. Lo del sábado me recordó a las imágenes del NODO que muestran la celebración del 1º de mayo, entonces San José Obrero, durante el franquismo. La identificación sindical con el Gobierno es realmente sospechosa, más cercana a un sistema propagandístico que a una auténtica defensa de los trabajadores.
El domingo ABC publicó una foto de un sindicalista de Comisiones usando los servicios de un limpiabotas antes de la manifestación. Efectivamente, siempre a cargo del presupuesto, la sindical es una nueva clase social con bastantes posibles, enorme influencia y unos disparatados privilegios. Por eso su afán por que no cambien las cosas: ellos viven muy bien en el actual statu quo. De ahí que insistan en que, a estas alturas de Estado del Bienestar, siguen teniendo algo de sentido. Aunque, como se puede comprobar fácilmente, su actitud, cerrazón e intransigencia tan solo sirvan para vaciar España se auténticas iniciativas empresariales.
Al acto sindical del sábado le siguió el domingo un acto de astracanada. El nacionalismo excluyente, según Kapuscinski uno de los grandes problemas del siglo XXI, convocó una serie de consultas populares para permitir a los catalanes de 166 municipios votar sobre si desean o no ser independientes... de España, claro está, porque en la pregunta del referéndum iba incluida la continuidad en la Unión Europea. Es decir, se convocó inconstitucionalmente a una serie de ciudadanos a espaldas de la voluntad tanto del resto de los españoles como de la totalidad de los europeos.
Un acto tan inútil, despótico, ilegal e innecesario sería imposible de creer para aquellos escritores del 98. España entonces era un absurdo, pero aún no se conocían los desmadres de los hermanos Marx y sus seguidores. La consulta del domingo, contra España y a favor de Europa, contra la Historia y a favor de las necesidades ideológicas y alimenticias de unos cuantos extremistas -que han hecho del odio, el hecho diferencial y la exclusión su medio de vida-, si no fuera tan escandalosamente grave, tan real, sería más propia de la Libertonia de Sopa de ganso que de un país serio y moderno. Cierto es que en Escocia, Bélgica y otros países europeos también crecen algunos movimientos secesionistas, pero en ningún sitio se han atrevido, como en Cataluña, a hacer algo tan evidentemente prohibido por el ordenamiento jurídico.
En respuesta a la pregunta que hago en el título del presente artículo, está claro que sindicalistas y nacionalistas se sirven a ellos mismos. Con estas salidas de todo se mantienen presentes en la actualidad y hacen pensar que lo suyo tiene algo de sentido. Para qué sirven sus actos y actitudes ya es de más difícil esclarecimiento.
Seguramente la respuesta más sencilla sería decir que para nada. Pero entonces uno podría concluir que, efectivamente, Baroja tenía razón y España es un país imbécil. Y eso uno no quiere ni pensarlo. Somos un país real, con mucha historia y demasiados problemas como para pensar que gente con tanto nombre, influencia, medios y aparentes buenas intenciones hagan las cosas para nada. Alguna seriedad deben poseer. ¿No? Claro que si uno piensa en los cuatro gatos que vinieron a Madrid el sábado -muchos menos que liberados sindicales- y los tres que acudieron a las urnas el domingo, lo de la nada va ganando puntos. Mientras tanto, el paro, la crisis, las carencias democráticas, las inseguridades física y jurídica, el pésimo sistema educativo... van creciendo irremisiblemente. Exactamente igual que si Rufus T. Firefly nos estuviese gobernando. Pero con mucha menos gracia. dmago2003@yahoo.es

