Son muchas las contradicciones que afectan a nuestra civilización. La principal es pensar que hemos llegado a la perfección democrática y que podemos pararnos a descansar, mirarnos el ombligo y comenzar a dar vueltas a asuntos secundarios cuando hay cosas esenciales sin arreglar. El caso más llamativo es África, un continente que sufre incesantemente el azote de los cuatro jinetes del apocalipsis humano. También dentro de los ámbitos continental, nacional y municipal queda muchísimo por hacer.
En España siempre llevamos hasta el extremo cualquier problema que afecte a otro país. Somos una democracia más que imperfecta, dominada por dos partidos y pico que buscan más el poder que el interés general, con un sistema educativo pésimo que ayuda a asilvestrar a los estudiantes, cuatro millones de parados fruto de un mercado laboral completamente marxiano, numerosas lacras sociales que afectan a todos los estratos, la negación del sistema judicial mediante el dominio partidista y la transgresión de los más elementales principios jurídicos... pero los grandes asuntos que nos atañen son el reparto autonómico del botín público, los controles de alcoholemia, el derecho al aborto, etc., de tal manera que en este país, a pesar de los pesares, todo se colapsa si se celebra un partido del siglo cada, más o menos, seis meses. Tal es la confusión que la nueva ley del aborto ha sido ideada por el Ministerio de la Igualdad, como si eso fuese posible. Pero nada, que eso no importa aunque recuerde tanto a la figura de Loretta en La vida de Brian.
Dentro de esta línea de absurdo continuo y ahondamiento en la nada intelectual y el abandono ético, España muestra también la línea más exagerada en cuanto a la tolerancia a las cosas intolerables. Como pensamos que ya hemos llegado al final del camino de la evolución humana, civil y nacional, tenemos miedo de reconocer los principios que nos constituyen. De ahí que nos bajemos los pantalones constantemente ante aquellos que muestran cualquier convicción, por escandalosa que sea. Si no, no se comprende que nadie escuche en España a tipos como Carod-Rovira u Otegi.
El síndrome de los pantalones bajados es especialmente notorio cuando hablamos de política exterior. España es de los pocos países llamemos civilizados que da cancha a dictaduras obvias como Cuba, Venezuela o Libia, lugares donde posturas tan extremas y vociferantes como las de aquellos mismos que los defienden serían sistemáticamente eliminadas, siempre de manera violenta y abrupta. España es el país que más a favor se ha mostrado de un tiranozuelo como Zelaya, uno de los que más defiende los desmanes de Hamas, seguramente el primero que estaría encantado de transigir ante la amenaza iraní. Pero el asunto no es exclusivamente español. Después de todo, el mundo entero se rinde ante la dictadura china por el enorme tamaño de su mercado.
A pesar de convivir diariamente con la defensa que numerosas personas hacen de Castro, Chávez y otros dictadores, aún me sorprendo ante la tolerancia que tienen algunos para el abuso de poder cuando se hace por mor de lo que se llama izquierda. Ingenuamente, cual un imbécil Don Quijote, pienso que la gente aún cree en la libertad. Pero no, lo que predomina es la pleitesía a unos principios trasnochados sin traslación real, aun cuando los defiendan seres que los pisotean como norma de conducta. A saber, Chávez dice defender a los oprimidos cuando no deja de oprimir a los que no piensan como él.
Todo esto es consecuencia de los planes educativos que machacan Occidente desde hace siglos. Somos una sociedad posmoderna en cuanto hemos olvidado lo que supuso la modernidad. Locke, Newton, Montesquieu, Rousseau y Voltaire entre otros muchos, sin ser necesariamente grandes personas, crearon un sistema de ideas donde lo que primaba por encima de todas las cosas era el ser humano. Ahora ya no queda nada de eso.
Tanto Locke como Voltaire dejaron escritos sobre la tolerancia, obras ignoradas por nuestra llamémosla civilización pero que deberían ser de lectura obligada en el colegio. Los dos defendían la libertad del individuo en todos los supuestos menos en uno: hay que ser intolerante frente al intolerante. Es decir, con el que no respeta a los demás con independencia de sus ideas, creencias, sexo, raza o lo que sea no hay nada que hablar; sólo defenderse para defender a los demás de sus excesos.
Algo tan sencillo de explicar es sin embargo de casi imposible aplicación. Así es la naturaleza humana. Entenderlo bien sería esencial para arreglar muchos de los problemas que nos afectan: siendo intolerantes con el intolerante no habría crecido, por ejemplo, el monstruo de Hitler. Y no cabrían dentro de nuestro mundo nacionalismos excluyentes, ni piratería, ni fundamentalismos religiosos, ni racismos violentos, ni diferenciación entre dictaduras de izquierda y de derecha... Resulta trágico que, en el siglo XXI, la utopía sea algo tan aparentemente sencillo. dmago2003@yahoo.es

