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Daniel Martín

Daniel Martín

El cultivo del odio

04/08/2009 | 14:59 h.

Cuando, en entrevista publicada por La Vanguardia este pasado domingo, le preguntaron a Mariano Rajoy –jefe de la oposición en perpetuas vacaciones, ahora oficiales– sobre la catalanofobia, respondió que lo que existe es “bastante desconocimiento y cierta incomprensión sobre la realidad de Cataluña”. Precisamente el odio suele surgir de la ignorancia y de la incapacidad para comprender al otro. De ahí que la mejor manera para combatir cualquier fobia sea la educación y la terapia comprensiva de la diferencia.

Lo que no se suele abordar cuando se trata de fobias es el uso sistemático y rentable que muchos hacen del odio. Si yo consigo que los otros me desprecien, podré ir de víctima y así sacar réditos de cara a cualquier tipo de propósito. Por ejemplo, ETA mata indiscriminadamente, consigue el rechazo total de la sociedad y así luego puede argüir que es “odiada” por los españoles, por los no vascos. ETA, para muchos, es un mal necesario porque es la mejor manera de retroalimentar lo que gustan de llamar el conflicto vasco. El odio, aquí completamente justificado, sirve para abonar unas ansias independentistas surgidas de una ideología delirante que ya nació trasnochada de la enferma mente del orate Sabino Arana.

Esto del cultivo del odio para obtener beneficios políticos económicos es algo bastante más común de lo que se pueda pensar. La dictadura cubana llevaba viviendo del odio desde que Fidel castro llegó al poder. Los castristas odian la libertad y a menudo cometen actos criticables. De las reacciones adversas fabrican un discurso victimista que les convierte en héroes a los ojos de muchos que aún ahora continúan justificando una tiranía pura e implacable. A la sombra del comunismo cubano ha surgido el populismo chavista que afecta a numerosos países de Hispanoamérica. Hugo Chávez necesita de la crítica exterior para justificar su política sistemática contra la libertad y la oposición. Por eso no deja de cometer atrocidades. Cada vez que alguien le critica desde Estados Unidos o de otra parte del mundo, el tirano venezolano se siente más cómodo en su papel de odiada víctima. Y así idea una nueva maniobra para debilitar aun más a sus contrarios, cada vez menos numerosos en Venezuela debido al exilio continuo y obligado al que el miedo les condena.

Israel es otro caso paradigmático del cultivo del odio. El Estado judío es un verdadero maestro a la hora de rentabilizar el odio que despiertan algunas de sus acciones. Ahora, por ejemplo, expulsa a un par de familias palestinas de sus viviendas de Jerusalén Este, del que se quieren apoderar por completo. Si les criticas, serás acusado de judeófobo y defensor del terrorismo islamista. No hay medias tintas para los defensores de Israel: o estás con ellos o eres un maldito antisemita que justifica que ellos tomen medidas extraordinarias. Y así, gracias a este cultivo del odio, continúan con su nacionalismo extremo mientras la gran mayoría de los habitantes de la Tierra Prometida –de varias confesiones religiosas– viven acogotados por la inseguridad jurídica y aterrados por la posibilidad de morir en un ataque terrorista. Por eso mismo, como ocurre con el vasco, no se puede apostar por una solución a corto plazo del conflicto palestino-israelí.

A otro nivel existen cultivadores de odio que atentan contra sus propios intereses. Joan Laporta, presidente del F.C. Barcelona, dijo el pasado fin de semana en Los Angeles que él no era de España, sino de Cataluña. Sabemos de sus tendencias independentistas, completamente legítimas dentro de un sistema democrático. Pero me gustaría saber si Laporta estaría dispuesto a dejar la Liga española para enfrentarse en una catalana al Cornellá, la Gimnástica de Tarragona o, en plan ironía, al Espanyol. Porque, pese a quien pese, el Barcelona es tan grande gracias a su rivalidad con el Real Madrid, para Laporta símbolo de lo diabólicamente español.

Lo curioso es que estos cultivadores del odio tiene bastante éxito porque consiguen que la mayoría de los medios de comunicación traten los temas conflictivos con pies de plomo. Poca gente se atreve a juzgar con rigor a los “odiados” para no ser tildados de fascistas. Nuestros propios complejos se han aborregado bajo la bandera de lo políticamente correcto. Por eso es mejor criticar a los que no se van a quejar o van a hacerlo con moderación. Tocar a Chávez, Israel o los nacionalismos vascos y catalán inmediatamente te mete en la dinámica de lo fóbico. Y no es odio lo que siento. Es completa. dmago2003@yahoo.es

04/08/2009 | 14:59 h.

Daniel Martín

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