Cuando hablas con la gente sobre el problema de la educación, generalmente se termina hablando del sistema educativo, de si debe haber itinerarios a partir de este o aquel curso, de las asignaturas de religión y educación para la ciudadanía, del número de suspensos con los que poder pasar de curso, de la capacidad de maniobra de los colegios concertados -cuando los privados en estado puro apenas tienen ninguna-, de la capacitación de los profesores... de muchos temas que, siendo más o menos importantes, son de segundo orden. Primero hay que imponer cierto orden en las aulas –los alumnos no sólo tienen derechos, sino también obligaciones, y mucho más rigurosas que los profes– y establecer un plan de estudios profundo, amplio y exigente que prepare a los alumnos para, sobre todo, ser sujetos de los derechos y deberes democráticos.
El plan de estudios, desde la Ley Moyano del siglo XIX, ha sido sistemáticamente recortado. Mi abuela se sabía todos los afluentes de los grandes ríos y los grandes puertos de montaña. Mi padre conoce bien los partidos jurídicos de su época. Yo apenas me sé unas cuantas capitales de Europa y los reyes de España a partir de 1469. Y mis sobrinos, quién se esconde tras Hannah Montana y los últimos fichajes del Real Madrid.
Quizás exagere, pero lo cierto es que da vergüenza estudiar con cierto detenimiento qué estudian los chavales de hoy en día, esos que muchos se empeñan en llamar los mejor preparados de la democracia. Insisto en que muy pocos saben escribir y leer con corrección, y muchos menos elaborar un pensamiento complejo -sin meterme ahora a hablar de aquellos que en lugar de castellano aprenden, mal, alguna lengua cooficial-. Sus conocimientos matemáticos son más rutinarios, reflejos o intuitivos que fruto de un dominio del lenguaje algebraico. De geometría, simplemente, no tienen ni idea. Muchos de ellos han pasado de puntillas por el siglo XVI español y Carlos V les suena más a un nombre de plaza o calle que a un rey español y emperador de Alemania. En un mapa mudo tienen serias dificultades para colocar más de siete provincias. Chapurrean de mala manera un segundo idioma. Y de filosofía saben algo, y de memorieta, sobre los cinco autores que entran para selectividad.
Curiosamente, los buenos alumnos saben más de física, química o matemática aplicada que de su entorno socio-histórico y, aunque estén plenamente motivados, tienen serias carencias en el dominio de cualquiera de los dos lenguajes -lingüístico y matemático- que son la base para que todo lo demás tenga solidez y sentido. Así, cuando se consigue que algún chaval sobresalga, en contra de los tiempos, la ley, el entorno social y el sistema, el pobre tendrá un edificio alto y lustroso con unos cimientos horrorosos.
Y esto suele pasar en la mayoría de los grandes países del mundo. En Estados Unidos, nuestro modelo en esto aunque no en las cosas donde sí es modélico, la escuela es una fábrica de ignorantes. Sólo en algunas escuelas privadas se busca una buena educación científica y humanística. Y en las universidades se busca una especialización altamente pragmática y de éxito seguro sin tener en cuenta los fundamentos humanos del sujeto. No sólo es un sistema mucho más accesible para los que tienen dinero, sino que no garantiza ni por asomo la correcta educación del ciudadano.
Así, un plan de estudios de una democracia auténtica debe basarse en los valores de la excelencia, el mérito, el esfuerzo, la disciplina y un currículum ciertamente exigente. La lengua española, separada de nuevo de la literatura, debe ser, junto a las matemáticas, el punto de partida del plan de estudios. Y se deben trabajar todas las facultades humanas, desde la creatividad a la imaginación, pasando por la obediencia, la voluntad, la capacidad de iniciativa y, sobre todo, la recuperación definitiva y sólida de la memoria, la gran proscrita de unos años para acá. Sin memoria no hay base de datos con que pueda trabajar el cerebro.
Luego hay que potenciar enormemente los estudios históricos, no sólo en referencia a España, sino a toda la Humanidad, con especial atención a Europa y en concreto, a algunos países como Francia, Reino Unido y Alemania. Hay que tener un dominio geográfico de todo el mundo, tanto a nivel físico como humano. Las ciencias naturales, físicas y químicas deben dominarse aunque luego se vayan a estudiar carreras de letras. La formación filosófica, ética, literaria, musical y, en general, humanística, debe ser constante, sistemática y sincera, buscando la creación de un espíritu crítico, imparcial e independiente. Por fin, hoy más que nunca, se debe estudiar un segundo idioma, el inglés, con criterio y garantía de que el chaval lo vaya a dominar al terminar la enseñanza obligatoria.
Entonces, cuando se haya garantizado un conocimiento bueno de todas esas materias, si hay espacio para las "marías", como plástica, educación física, tecnología... y en las comunidades autónomas aquella lengua que les ayuda a comunicarse entre ellos pero no con el resto del mundo, sólo entonces comenzarán a buscarse horas donde colocar esas asignaturas residuales.
Este es, en líneas generales, el plan de estudios que propongo para una democracia que pueda considerarse como tal. Hay que formar alumnos para que desarrollen al máximo sus respectivos cerebros. Cualquier camino que rehuya la excelencia y el esfuerzo y sitúe como objetivos principales la comodidad del alumno y la perentoria necesidad de pasar de curso será un camino equivocado. Por lo menos si queremos ciudadanos en lugar de borregos.

