Hay dos clases de amantes de los libros: aquellos a los que les gusta leer y aquellos a los que no. A los primeros nos encanta disfrutar con las cosas escritas por otros, mientras los segundos prefieren fijarse en lo no escrito. Por ejemplo, los primeros disfrutamos con las aventuras de Don Quijote, y los segundos hacen conjeturas sobre por qué Cervantes no quería acordarse de "un lugar de La Mancha" o cuál es la verdadera identidad de los duques de la segunda parteo. A los primeros nos encantan los libros entretenidos y enjundiosos, novelas como las de Dickens, Tolstoi o Hemingway, cuentos como los de Chejov, Carver o Bukowski, ensayos como los de Montaigne, Rousseau o Unamuno. Los segundos divinizan a grandes figurones de compleja prosa y tramas soporíferas como Proust, Joyce o Woolf.
Una de las más gratas noticias del último año editorial ha sido la aparición estelar de Stieg Larsson, periodista y novelista sueco fallecido a los 50 años. De momento, en España hemos podido leer Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, dos magistrales novelas que además, gracias a su condición de policiacas, han conseguido copar las listas de libros más vendidos. Da gusto ver que, en ocasiones, la buena literatura también puede ser best-seller.
Aparte de la buena calidad de sus tramas, los dos libros de Larsson son encomiables por la enorme profundidad de sus personajes, en especial de sus dos protagonistas: Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. Él, mujeriego, fumador, poco comprometido en lo personal, profesionalmente es un periodista implacable con los "malos". Ella es una inadaptada social pero prodigiosamente inteligente y tiene un poderoso código moral que le permite castigar personalmente a aquellos que se lo merecen. Son dos personajes extremos, de esos que uno no querría conocer en la vida real, pero son tan completos y Larsson los trata con tanto cariño que cualquier lector termina por cogerles aprecio y admirar sus formas de pensar y de vivir.
Lo realmente sobrecogedor de Blomkvist y Salander es que son dos personajes perfectamente compatibles con el siglo XXI. No terminan de encajar en el mundo que les rodea, pero ellos siguen adelante en sus respectivas luchas contra el mal. A menudo se mueven en la ilegalidad, pero su lucha es tan justa y la realidad que les envuelve tan injusta que el lector termina comprendiendo que ellos hagan lo que uno no se atreve a hacer. El secreto del éxito, tanto literario como comercial, de la trilogía del escritor sueco es que su pareja protagonista responde a la perfección a las muchas y gigantescas carencias y contradicciones de nuestros tiempos. Son dos personajes medio locos por culpa del mundo en el que han crecido y ellos, a trompicones, intentan poner un poco de cordura entre tanto caos. Son dos personajes extenuantemente límites, pero resultan cercanos, simpáticos, inteligibles.
Por otro lado, Larsson también resulta tremendamente inteligible, lo que es de agradecer en la buena literatura. Sus dos novelas están prodigiosamente construidas gracias a una estructura inteligente y bien meditada. Ha conseguido combinar lo mejor de la literatura clásica -personajes hondos, tramas creíbles, llaneza narrativa...- con lo único rescatable de la literatura de consumo de nuestros días. Es algo así como un Charles Dickens redivivo con la pluma ligera de Stephen King o Dan Brown.
Al otro lado de la moneda sitúo a Roberto Bolaño, escritor chileno fallecido a los 50 años. Desde que, como en el caso de Larsson, se publicase póstumamente 2666, la crítica y los lectores con ínfulas han divinizado esta larga novela que, también, condena el maltrato a las mujeres. Es una novela perfecta para los amantes de lo pretencioso: hasta su título se puede interpretar de infinitas maneras.
es un ladrillo. Sobre todo porque sus personajes son endebles, poco creíbles y nada realistas. Por ejemplo, Pelletier y Espinoza son idénticos en todo menos en su apellido y su nacionalidad. Así, la novela no avanza en una historia llena de vacíos y de páginas huecas. Si Larsson va directamente a la acción y su prosa es una incesante sucesión de directos al hígado, Bolaño escribe sin pausa y, cada 5 o 6 páginas, acierta con una frase que resulta una ligera bofetada en la mejilla. Por ejemplo, Bolaño, en el cuarto de los cinco libros que componen su muy celebrado tostón, se dedica e describir con parsimonia y detalle más de cien crímenes. Quizás eso sea literatura, muy digna de encomio, pero a mí me resulta muy aburrida.
Con esto no quiero decir que Larsson sea mejor escritor que Bolaño. ¡Dios me libre! En las cuestiones creativas no hay mejores ni peores. Todo es cuestión de gustos. A mí Larsson me parece auténtico y Bolaño artificial. Esto se parece mucho a la diferencia entre aquellos que gustan de los goles y aquellos que se conforman con la especulación en un campo de fútbol. Por eso mismo, tengo muchísimas ganas de que salga a la venta en España la tercera novela del sueco y no creo que nunca más vuelva a asomarme a ningún libro del chileno. A mí, simplemente, me gusta leer. dmago2003@yahoo.es

