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Daniel Martín

Daniel Martín

'Celda 211' y los escombros del Muro

10/11/2009 | 14:50 h.

Después de ver la película Celda 211 uno se queda con sabor agridulce. Por un lado, es bueno observar que aún se puede ver cine aceptable en este país de paupérrima cinematografía. Por otro, uno no tiene muy claro si asistió a un panfleto propagandístico de la peor especie o si el peligroso mensaje inherente al filme es sólo fruto de la ignorancia de sus responsables.

está bien. Sin más. Especialmente por la presencia de Luis Tosar, un actor que, con buen señor, podría ser a España lo que Ricardo Darín es a Argentina. La peli trata de un motín carcelario en el que un funcionario de prisiones debe fingir ser uno más de los presos. Algunas escenas tienen un enorme dramatismo, la ambientación es modélica y, salvo por los inevitables de siempre, está bastante bien interpretada.

El problema de la película, que se ve sin aburrimiento, a veces incluso con cierta emoción, es que al final los presos son los buenos y los malos los funcionarios, los encargados del orden. No es cuestión de que haya un carcelero malo, interpretado por Antonio Resines, sino que hay más moral entre los reos que entre los que tienen que sofocar el motín. No es cuestión de que los ladrones sean gente honrada, sino que los "buenos" son de una amoralidad que asusta.

El filme, de manera un tanto grosera, quiere criticar el sistema penitenciario. Y digo grosera porque para hacerlo nos traslada a una cárcel que mezcla elementos de un modelo franquista y otros absolutamente inventados. Así, la crítica carece de sentido porque no hay nada creíble en el funcionamiento del penal. Pero, una vez lanzada la bomba, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Porque, a la postre, de lo que se nos quiere convencer con Celda 211 es de que los sistemas punitivos no tienen sentido en una sociedad civilizada. Castigar es inconveniente porque no hay nadie tan malo como para merecer pasar treinta años en la cárcel. Hay que reinsertar al precio que sea, porque lo único realmente podrido es aquello que regula el Estado, un sistema que permite encarcelar a seres humanos.

Sí, Celda 211 tiene mucho de filme antisistema, aunque para tener sentido haya tenido que inventarse ese sistema. Es gran coincidencia que su estreno haya transcurrido durante el mismo fin de semana en el que medio mundo ha celebrado la caída del Muro de Berlín y, con él, de la dictadura soviética. Pero, lejos de lo que dicen los periódicos, el comunismo, la "utopía" que defiende la igualdad total a costa del individuo, sobrevive, en muchos casos con buena salud, como en Venezuela, en otros de modo latente, como en la vieja Europa.

En las últimas semanas, dos periódicos españoles nos han regalado diversas defensas de la izquierda más radical. Uno de ellos publicó un artículo donde decía que la clase media no era compatible con la socialdemocracia, lo que explica en parte las políticas antimesocráticas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Y el otro lleva varios fines de semana regalando libros de Gramsci, Rosa Luxemburgo, Marx y otros pensadores de extrema izquierda. Lo que se intenta defender, en torno al contexto de la caída del Muro, es que el comunismo estalinista fue una perversión de la utopía, que las cosas se pueden hacer de manera bien diferente.

Mi afirmación no es tan paranoica como pueda pensarse. Hace un par de meses Noam Chomsky, pergeñador del golpe de gracia al aprendizaje de la lengua e ilustre lumbrera de la izquierda universal, afirmó que la Venezuela de Hugo Chávez era "el paraíso en la tierra". Son muchos los que comienzan a cuestionar severamente las democracias liberales y, lejos de ser nostálgicos, a defender un sistema cercano al comunismo. La crisis económica, para ellos un simple fracaso del liberalismo, les ha servido de acicate y, en cierta manera, su manifestación más pública son los grupos juveniles de ultraizquierda, también llamados antisistema, aunque sus modos se pueden atisbar en los extremos de movimientos tan lícitos y legítimos como potencialmente peligrosos y manipulables como el feminismo, el laicismo o la alianza de civilizaciones.

es una muesca más en el revólver de esta corriente que intenta convencernos de que el comunismo no es tan malo. La mala es la sociedad, que cultiva delincuentes, que se hacen aún peores al pasar por la cárcel. El Muro de Berlín cayó, y con él el sistema soviético. Pero no pensemos que la libertad ha vencido. Ni mucho menos. La gran mayoría de los países europeos cree más en el paternalismo estatal que en el individuo libre. Y hay una fuerte corriente que quiere rescatar el marxismo aun a costa de la democracia. Los sistema educativos, las falsas democracias y la propaganda del aniversario de la caída del Muro, a mi entender, no son más que maneras de decorar lo que resulta el continuo solapamiento de la potencia cerebral del ser humano. Si no, pensemos en qué esta peor visto: ser capitalista o ser comunista. Y no olvidemos que el comunismo, utópico o no, no es nada más que otra forma más de fascismo, de tiranía, de despotismo, de aquello que Montesquieu oponía a la libertad. dmago2003@yahoo.es

10/11/2009 | 14:50 h.

Daniel Martín

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