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Daniel Martín

Daniel Martín

Bolaño versus Larsson (2)

03/04/2009 | 15:06 h.

Resulta curioso que en España las novelas de Stieg Larsson las haya editado Destino, esa editorial que, antaño, consagraba a geniales escritores como Delibes, Laforet o Martín Gaite con su Premio Nadal y que hoy, del mismo modo, recupera a narradores de historias sosas, prosa sospechosa y pluma fofa como Etxebarría, Vallvey o Zarraluki. Por otro lado, a Roberto Bolaño le edita Anagrama, la casa del gran Jorge Herralde que, entre otros bodrios, ha publicado en España a Cohen, Calasso y Baricco y que, sin embargo, superó los 80 gracias a La conjura de los necios y Bukowski y que en el siglo XXI vende libros gracias a McEwan, Amis o Auster. Otra de esas "anomalías clásicas de España", como decía Pío Baroja.

Volviendo a la odiosa comparación que ya comencé el pasado lunes, Bolaño, al que la crítica ha convertido en el gran santón ininteligible del siglo XXI, me parece un escritor menor. Pero, gracias a que no cuenta historias definidas, sus personajes son difusos y sus enormes vacíos se abren a infinitas vueltas de tuerca interpretativas, es uno de los escritores unánimemente considerados superiores.

su obra maestra, es una novela (?) que supera ampliamente las mil páginas. Se divide en cinco libros que, en principio, tienen algo que ver entre sí. Pero sus páginas son una sucesión plomiza e incoherente de palabras y oraciones que, parece, buscan la frase soñada que, no obstante, sólo llega muy de vez en cuando. 2666 es de estos libros donde la idea original del autor sobre la globalidad del proyecto se impone al acabado final y resulta inalcanzable para el pobrecito lector. Ahí es donde entran los críticos y los amantes de los grandes enigmas pseudoliterarios.

Pelletier, uno de los personajes, es un estudioso de Archimboldi, enigmático escritor alemán. Pelletier piensa que "Archimboldi era algo suyo, le pertenecía en la medida en que él, junto con unos pocos más, había iniciado una lectura diferente del alemán, una lectura que iba a durar, una lectura tan ambiciosa como la escritura de Archimboldi y que acompañaría a la obra de Archimboldi durante mucho tiempo, hasta que la lectura se agotara o hasta que se agotara (pero esto él no lo creía) la escritura archimboldiana, la capacidad de suscitar emociones y revelaciones archimboldianas".

Aparte de lo flojo de la prosa, repetitiva hasta la extenuación, el fragmento sirve para plasmar las intenciones del autor: el juego metaliterario. 2666 es una de esas pajas mentales que hace las delicias de esos críticos y estudiosos que odian la claridad porque ésta no se deja analizar ni comentar. Adoran la oscuridad porque en ella cualquier dicho o teoría cobra sentido. Ahí, creo, reside el éxito de obras como 2666, el Ulises de Joyce o Al Faro de Virginia Woolf. Son obras de escritores superiores que quizás quieren dejar de serlo para convertirse en filósofos, pensadores o taumaturgos. La cuestión es que estos libros me resultan pesados y nunca cercanos a la mínima seriedad que Sócrates exigía a la auténtica filosofía.

por otro lado, también ha cuajado en nuestra "alta" sociedad gracias a que denuncia y describe -con agotador detalle- la violencia machista. 2666, aparte de otras cien mil interpretaciones, es a la postre un ataque contra una de las mayores injusticias crónicas de nuestro tiempo. En eso sí es una novela encomiable.

La cuestión es que en Los hombres que no amaban a las mujeres -que debería haberse traducido como Los hombres que odiaban a las mujeres- y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, del sueco Stieg Larsson, se retrata, describe y denuncia el mismo tema con mayor amenidad y mucha mayor crudeza. En una sola de las muchas escenas cruentas de estos dos libros hay más crítica y rechazo a la violencia sexista que en todo el libro de Bolaño. Algo parecido a lo que ocurre con Full Monty y el desempleo respecto a Los lunes al sol, o con Million Dollar Baby y la eutanasia respecto a Mar adentro. Aquellas son películas que cuentan una historia mientras denuncian una situación o proponen un debate. Éstas son meros panfletos que nada tienen que ver con el drama cinematográfico.

No dudo de que Roberto Bolaño sea un escritor magistral. Simplemente no le entiendo. Y mucho menos a aquellos que le alaban mientras critican a otros escritores como Galdós, Delibes o Pérez Reverte. De gustos no hay nada escrito. Pero lo que sí se puede saber es que la buena narrativa necesita de una buena historia, de unos personajes profundos y atractivos, de una prosa amena y de una descripción comprensible de situaciones, ideas y asuntos humanos o, analógicamente, cercanos a la naturaleza humana.

Eso es lo que ofrecen las novelas de Larsson, con sus dos protagonistas -Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander- a la cabeza. En Bolaño sólo encuentro juegos de manos cerebrales, altas miras que superan, con mucho, lo pretencioso, y poca humanidad. Quizás eso es lo que se pide en revistas especializadas y en la Universidad: lejanía del ser humano para que los objetos de estudio sólo estén al alcance de unos pocos privilegiados a los que parece no gustarles la lectura y que, sobre todo, aborrecen a los lectores. dmago2003@yahoo.es

03/04/2009 | 15:06 h.

Daniel Martín

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