Cuando no se deja de hablar sobre si el cine será capaz de competir o no con internet y sus dichosas descargas, llega una película como Avatar y comienza a romper récords de taquilla allá donde se estrena. Hacía años que no veía un cine tan lleno como el pasado domingo, cuando fui a ver el filme, lo último de James Cameron. Al margen de cualquier tipo de análisis, es sencillo concluir que cuando se lleva a las salas algo atractivo y sugerente, el público responde como siempre. ¿Si se vacían las salas no será porque se estrenan pocas cosas apetecibles?
es, sobre todo, una maravilla técnica. De nuevo Cameron entrega un alarde de efectos visuales que traspasan la pantalla gracias a las últimas tecnologías, 3D incluida. En ese sentido, este filme justifica con mucho el enorme precio de la entrada -casi 11 euros- porque hay cosas que sólo se pueden ver en pantalla grande. Los efectos digitales, el mágico planeta Pandora al que pareces viajar, los maravillosos movimientos gestuales de los indígenas virtuales, la producción abrumadoramente ambiciosa, en general todo el continente de la película es inmejorable. Por algo las salas se llenan.
Por si fuera poco, la trama de la película está abierta a todo tipo de interpretaciones de gran actualidad: el mensaje ecologista es obvio, una invitación a vivir en comunión con la naturaleza; las analogías entre la presencia humana en un planeta donde abunda un mineral valiosísimo con la invasión de Iraq son claras, sobre todo por el intento de los hombres de convertir a los na'vy a sus propios modos y costumbres; el enfrentamiento entre los fabricantes del terror y una manera moderada de entender la existencia es realmente sugerente; el cambio experimentado por el protagonista, que pasa de ser un bobalicón egoísta a un héroe dispuesto al sacrificio, refleja muchas de las actuales preocupaciones sobre la formación de los jóvenes; incluso la ilusa más heroica carga de los indígenas contra las máquinas de guerra de los marines recuerda en cierto modo a la caballería polaca luchando contra lospanzers alemanes en septiembre de 1939.
con su aspecto de videojuego, no obstante recopila grandes momentos de realidad nada virtual. De ahí que pueda interesar a gente de todo tipo y condición. La adolescente se enamora de la historia romántica; el joven de la estética belicista mezclada con el mensaje naturalista; el amante del cine con mensaje de la evidente carga crítica; el comedor de palomitas de las magníficas escenas de acción; y así se encuentran innumerables elementos que explican por qué este filme está teniendo tanto éxito.
Personalmente, creo que Avatar es una delicia estética. No me sentía así desde Matrix. En este sentido, James Cameron entrega una nueva revolución tecnológica y visual. Lástima que, a mi entender, el guión no sea todo lo interesante que me habría gustado, todo lo amplio que su trama principal podría haberse permitido, siempre sin la necesidad de alargar el metraje hasta esas casi tres horas que muestran más la megalomanía del director que la necesidad del argumento cinematográfico.
Si Avatar no me ha parecido una película redonda ha sido esencialmente porque sus personajes son realmente flojos. El marine malo, ese coronel encarnado por Stephen Lang, es un antagonista cómico, una mierda de tío mierda. El protagonista es demasiado plano, y por eso su transformación en una mejor "persona" resulta poco emocionante. Los na'vy por lo general resultan demasiado arquetípicos, como casi todos los secundarios, por ejemplo el personaje de Sigourney Weaver o la piloto buena. Todo fruto de que el guión sea sólo de James Cameron, tan autor como un director europeo, pero con talento para hacer las cosas grandes y populares. No olvidemos que "conquistó" el mundo con Titanic, la película con más Oscar de la Historia aunque su guión ni siquiera estuviese nominado.
La semana pasada se celebró el centenario de Lo que el viento se llevó, seguramente, minuto por minuto, la mejor producción cinematográfica de siempre. Volví a verla con la emoción de una primera vez: no sobra nada, cada plano es una obra de arte, los personajes, como el guión, son de una enorme profundidad, y además en su día fue un éxito de taquilla comparable al de Avatar.
Sí, quizás ésta no sea tan buena como la septuagenaria película, pero desde luego reconcilia con el buen cine, porque aporta muchas cosas buenas y, plano a plano, es capaz de hacerte olvidar el simplón guión. Al final el talento, combinado con los medios y el interés por atraer espectadores, consigue llenar salas. Y ésa es una gran noticia en este mundo ramplón donde, hasta este finde, parecía que ya sólo quedaba algo de talento en las oficinas de Pixar y las neuronas de Clint Eastwood. Lástima que James Cameron no haga más cine desde que se convirtió en un dios viviente. Avatar es una película imprescindible, de descomunales valores estético y técnico que sólo puede cobrar sentido en pantalla grande. dmago2003@yahoo.es

