Ante un desafío terrorista no existen soluciones mágicas. Más allá de sus orígenes particulares, tiene sus propias coartadas para persistir. Y está en el mundo. El yihadista ha desplazado sus campos de entrenamiento y sedes a otros lugares más seguros -en el sur del Sahara- que los centros compactos de Iraq y de Afganistán. El secuestro de los tres voluntarios españoles, Albert Vilalta, Alicia Gámez y Roque Pascual, en Mauritania el 29 de noviembre, y cuatro días antes el del francés Pierre Camette, reivindicados por Al Qaeda, ha despertado el abatimiento entre sus compañeros y la extrema preocupación general. Hay sólo un leve consuelo: la reivindicación de los cuatro secuestrados une los esfuerzos de los dos países (España y Francia) en la misma dirección.
El Gobierno de España ha considerado creíble la reivindicación de Al Qaeda a la televisión Al Jazira, mediante el envío de un audio en el que afirma que dos unidades de "valientes muyahidines" han logrado secuestrar a los cuatro europeos. "Francia y España serán informadas ulteriormente de las legítimas demandas de los muyahidines", concluye el audio. De momento no hay fotos.
Pero no son piratas. Según el investigador Fernando Reinares, la expresión "legítimas demandas" no apunta tanto a una petición de dinero como a algún otro tipo de reivindicación que esté en consonancia con la retórica de Al Qaeda. En el 2008, en la capital de Mauritania, los gendarmes encontraron un documento titulado "La ley de los prisioneros extranjeros", un manual clandestino de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), en el que establecían los protocolos para tratar a los rehenes: 1) si hay una mujer se la puede tomar como esposa; 2) si son enemigos (militares, policías o agentes secretos), hay autorización para matarlos; 3) si no lo son, se debe negociar un rescate económico o un intercambio de prisioneros.
No caben culpabilidades hacia los Estados destinatarios de sus acciones -sería tanto como caer en sus trampas-, pero tampoco el vanagloriarse de poseer fórmulas mágicas para evitar ser objetivo de los terroristas. El terrorismo yihadista encarnado hoy en el secuestro de tres españoles y un ciudadano francés pone en cuestión la teoría de suavizar a la bestia con el diálogo o la acusación de que la política de Aznar estimulara el riesgo de los atentados. Ni siquiera ha valido nuestra salida de Iraq en el 2004 para que dejemos de ser víctimas de la acción terrorista. A estas alturas, también suena ridículo el tan manido "eso lo arreglaría yo".
La Alianza de Civilizaciones, como foro de encuentro y de debate, puede tener largo recorrido, pero no como arma arrojadiza contra otras políticas que se han demostrado tan inciertas como las actuales ante el terrorismo islámico. Mención aparte cabe decir del terrorismo de ETA, donde el Gobierno socialista ha reafirmado el valor estricto de la Ley y del Derecho para combatir sus pretensiones mediante los asesinatos, tras intentar la mesa de diálogo y negociación.
Nadie debiera ponerse galones. Todo se sabe después. Si los cooperantes hubieran medido el riesgo, habrían tomado otras medidas. Si los pescadores presumieran que iban a ser maltratados en el Índico durante 47 días por los piratas, hubieran virado el rumbo. En ambos casos surje la necesaria reflexión sobre la protección. Ni los honrosos marineros ni las buenas intenciones de los cooperantes son una coraza o un salvoconducto para los piratas o los terroristas.

