Lo cierto es que Eduardo Antonio Pueyes García ha sido quemado vivo dentro de su coche, cuando se disponía a acudir a su trabajo, como inspector jefe de la Brigada de Información de la Policía de Bilbao. Y lo ha sido por aquéllos que se sienten guardianes de la ideología nacionalista. Para imponer su proyecto (o únicamente doblegar a quienes desafían su amenaza) colocaron una bomba lapa bajo el coche del policía, junto al depósito de gasolina, y causar el incendio y la destrucción. Su razonamiento no conoce límites. ¿Quiénes no hicieron lo que debían para ello? El límite es: No matar.
Eduardo Antonio Pueyes García sí era un vasco, si hay que detenerse en su filiación. Había nacido en el barrio de Ollargan, en Baracaldo, hace 49 años, y a sus 22 tuvo la osadía de acceder al Cuerpo Nacional de Policía para desarrollar su vida profesional. Corría el año 1982, año de cambios en España y de una trágica cadena de asesinatos de muchos compañeros de Eduardo, por parte de ETA. Jóvenes policías y guardias civiles cuyos cadáveres fueron enviados a sus tierras, fuera del País Vasco. Eduardo Pueyes no tuvo conflictos de identidades. Era vasco y español, lo recordaban en este día amargo sus compañeros del Sindicato Profesional de Policía: "Eduardo era un vasco noble y un español de corazón. Un policía ejemplar". Años despúes de iniciar su carrera, en 1993, Pueyes lograba ascender a Inspector del Cuerpo Nacional de Policía, donde ha trabajado desde entonces en la Brigada de Información.
Tras oir el estruendo de la explosión en el barrio de La Peña, poco después de las nueve de la mañana, su mujer no dudó "ni un minuto" en que la víctima "era él". Es la especial sensibilidad de las víctimas del terrorismo. Pueden vivir como si no lo fueran, pero nunca se olvidan. Su mujer y sus dos hijos iniciaron su calvario asistidos en un centro hospitalario de Bilbao.
En esa misma zona obrera, ETA había asesinado hace 23 años a un policía y otros agentes vecinos abandonaron el País Vasco. Él tomó el relevo. Un año despúes de aquél suceso, siendo un joven policía, pudo ver las imágenes de la asfixia de Hipercor. ETA mató entonces a 21 personas y 45 más resultaron heridas. Aquél día era, también, un 19 de junio. Seguramente no podía imaginar que 22 años despúes, en un nuevo aniversario, la serpiente envuelta en el hacha abrasara su propio corazón y le segara su vida.

