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Armando Huerta

Armando Huerta

Cantos de sirenita en Copenhague

08/12/2009 | 15:38 h.

"¡Un 17%! ¡EEUU ofrece un 17%! ¡Es una cifra imponente! ¡EEUU está dispuesta a reducir un 17% sus emisiones! ¿Alguien da más? Un 17% a la de una, un 17% a la de dos...

¡Sí! ¡Un 24%! ¡Un 24% pone sobre la mesa China! ¡Un 24%! ¡La señorita de Oriente quiere recortar sus emisiones un 24%! ¿Quién da más?

¡Japón da más! ¡Un 25%! Un 25% a la de una, un 25% a la de dos...

¡Allí! ¡30%! ¡Un 30% ofrece la vieja Europa! ¿Alguien da más?"

La subasta de Copenhague parece estos días una tómbola en la que se rifan las buenas palabras y no cuesta nada apostar: "¡Qué alegría, qué alboroto, otra cumbre como Kioto!". El Bella Center de la capital danesa -de tan funesto recuerdo para Madrid 2016- alberga estos días la enésima cumbre sobre el clima. A ella llegan los líderes del mundo -como antes viajaron a Río, La Haya, Marrakech o Johannesburgo- con las alforjas repletas de bienintencionados discursos. Buenos propósitos que, como suele ocurrir con los de principios de año, nunca se cumplen.

La historia de este tipo de convenciones es la historia de una concatenación de fracasos. En Kioto la Unión Europea se engañó al solitario cuando se propuso para el 2010 -que ya está aquí- reducir sus emisiones hasta el 15% de lo emitido en 1990. El objetivo no era, a simple vista, demasiado ambicioso, pero no se ha cumplido.

Otro tanto ocurrió con Estados Unidos, que ahora contamina más pero era entonces el país que más contaminaba (ya lo supera China). Washington vendió al mundo que intentaría regresar al volumen de emisiones de 1990. Pocos lo creyeron, y menos aún cuando Bush sucedió a Clinton al frente de la Casa Blanca. El republicano, para disgusto de Al Gore, dijo "ahí os quedáis", y retiró a EEUU del Protocolo de Kioto por considerarlo demasiado estricto y para preservar la economía. Cualquiera diría que fue él -tan precavido- el presidente al que le estalló ante sus narices, en los estertores de su mandato, la crisis económica y financiera que aún padecemos.

Si Obama quiere, de verdad, liderar cambios importantes y globales en el mundo no puede viajar a Dinamarca -como hizo hace dos meses para apoyar a Chicago con olímpico fiasco- para limitarse a aparecer en la foto de la clausura. Consciente de que el efecto invernadero del CO2 está calentando el planeta y de que podría alcanzar cotas desastrosas si no hay coto, el presidente de EEUU debe poner toda la carne en el asador.

Y hay cierto margen para la esperanza. Recordemos que ha sido este mismo año -en abril- cuando Washington ha admitido por primera vez que los gases de efecto invernadero alteran el clima y son peligrosos para la salud pública. Un reconocimiento que marca, sin duda, un halagüeño punto de inflexión.

Jonathan Pershing, uno de los hombres fuertes de Obama en la cita de Copenhague, dijo este lunes que Estados Unidos aportará "la parte justa" de los 10.000 millones de dólares anuales que se calcula que harán falta como mínimo para mitigar las consecuencias de las emisiones en los países en desarrollo. Pero, ¿qué es "la parte justa"?, ¿la parte proporcional a su volumen de contaminación?, ¿la parte proporcional a su riqueza en el mundo?, ¿la parte que se espera de un país y un presidente que ejercen tácito liderazgo internacional? Ya veremos, pero son muchas las esperanzas puestas en la Administración Obama y decepcionantes aún las cartas que ha mostrado en Copenhague.

EEUU ofrece poco, muy poco. Su intención de reducir un 17% las emisiones tiene su truco. Se trata de un 17% sobre la base del año 2005, no de 1990, que es el año que se utiliza habitualmente como referencia para aludir a los incrementos o reducciones en las emisiones de dióxido de carbono. La oferta de Obama representa tan sólo una reducción del 4% respecto a 1990.

De momento, y a falta de una declaración final realista y consensuada, sólo una cosa está clara: todos dicen que van a emitir menos gases, pero sigue oliendo mal.

08/12/2009 | 15:38 h.

Armando Huerta

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