El Gran Premio de Australia de Fórmula Uno, primera cita del Mundial, nos dejó el triunfo de la máquina sobre el hombre para reabrir el eterno debate: ¿quién gana en una carrera, el piloto o el coche?, ¿no sería más emocionante si todos los coches fueran similares para todos los participantes?
La respuesta a este debate 'máquina-piloto' la ha dado un ingeniero nada chiflado y sí mucho de ingenio que ha sorprendido a propios y extraños con un artefacto -un difusor de aire- que si la Federación Internacional no lo remedia puede dejar el Mundial en la lucha por el título en un duelo fratricida entre los dos monoplazas de una misma escudería y el resto corriendo por el tercer puesto.
Una polémica aún sin validar una solución por parte de los mandamases del 'gran circo' que ha dejado a los aficionados de 'clase media' y profanos como yo en esta élite del automovilismo con la mosca detrás de la oreja. Y un tanto desilusionados al ver cómo dos pilotos que no estaban llamados a disputar el título -Button y Barrichello- coparon los dos primeros cajones del podio y a los favoritos de siempre asfixiados e incrédulos y sin gas detrás de esos dos cohetes diseñados en secreto por Ross Brawn.
De Melbourne nos quedó algo más que la sorpresa de ver a nuestro Fernando Alonso comprobar impotente cómo el R-29 es tan competitivo como había prometido en los ensayos de invierno. Lewis Hamilton se excusa ahora ante su hinchada y advierte de que en Malasia estará bastante más lejos del triunfo que en Melbourne después de que su McLaren lo diera todo para subir al podio. Y a Ferrari, Il cavallino rampante -quién lo ha visto y quién lo ve-, le corre menos que el caballo del malo por el circuito australiano.
Nos queda el triunfo de los Brawn GP sobre los Alonso, Hamilton, Raikkonen, Massa... Es decir, sobre el piloto.

