El pelotón dudaba de sus fuerzas naturales y, en definitiva, este Tour estaba resultando un auténtico coñazo hasta ahora. Entre escapadas consentidas por jornaleros en busca de fortuna en 'cabalgadas' en solitario sin sentirse perseguido, huelgas de piernas caídas por la defensa del uso del 'pinganillo' y que todavía no se había producido el esperado y 'fratricida' enfrentamiento entre Alberto Contador y Lance Armstrong, la ronda francesa no animaba ni a sus más enfervorizados defensores. Incluso alguien que entiende de esto, como es Miguel Indurain, ya había dicho días atrás que el Tour era un "soporífero martirio".
Hasta ayer no había sucedido nada destacable que enganchara a los aficionados delante de las pantallas de sus televisores. Olvidadas estaban ya, como si no se hubiera corrido por sus cimas, las etapas de Andorra y el Tourmalet. Y ya van transcurridas casi la mitad de las veintiuna jornadas de esta ronda que iba camino de ofrecer más placidez que gestas heroicas propias de la primera vuelta ciclista del mundo. Los favoritos se mantenían agazapados en la caravana viviendo del trabajo de sus gregarios.
Pero ayer, con la primera etapa de los Alpes, el pinteño Alberto Contador puso las cosas en su sitio. Dio un golpe de efecto al ganar en el Alto de Verbier para vestirse de 'amarillo', proclamarse como presumible ganador de este Tour el próximo domingo en los Campos Elíseos, pero, sobre todo, demostrarle al combativo y ejemplar 'abuelo' Lance Armstrong quién manda hoy en el Astana.

