Sinceramente pocos hubiéramos esperado que la muy reciente manifestación a favor de Palestina terminase de forma tan abrupta, con cuadrillas de mozalbetes -y otros que no lo eran tanto- arrojando piedras y rompiendo los cristales de la Embajada israelí en Madrid.
El tema por sí mismo tiene un contenido difícil de reducir a la lógica cotidiana, porque tras este final un tanto dramático ¿quién sale ganando? Todo indica que fueron precisamente los furibundos seguidores de la causa palestina quienes finalmente perdieron la partida.
Lo que seguramente los dirigentes palestinos deberían hacer ahora es preguntarse sobre la insensatez de terminar así un acto que quería ser unitario y agrupar a la izquierda a favor de Hamas y otros grupos palestinos radicales. La pregunta se responde por sí sola.
Si han sido muchos millones de personas las que a lo largo y ancho del mundo se escandalizaron ante la lluvia de misiles y los bombardeos contra los indefensos palestinos refugiados en Gaza, lo que está claro es que el horror de la muerte con misiles no puede en modo alguno compararse con el apedreamiento de la Embajada. Aun así, ni unos -palestinos- ni otros -israelíes- ganaron mucho con la manifestación de la izquierda española, que quiso ser unitaria. El fin de trayecto a pedradas ha servido desde luego para desacreditar, aunque sea mínimamente, un gesto que hubiera podido evitar la violencia callejera junto con las inevitables banderas de Israel y el Tercer Reich con que en la mayoría de los países europeos se decoraron manifestaciones como la de Madrid. La llamada causa palestina se mercería seguramente algo mejor que esta forma deleznable de terminar la cabalgata.

